En tanto el discurso oficial se empeña en pintar un Veracruz rebosante de turistas, playas llenas y una unidad inquebrantable, la realidad insiste en desmentir al gobierno morenista de Rocío Nahle a punta de cifras, declaraciones y tropiezos discursivos.

La mandataria salió a celebrar una Semana Santa “exitosa”, con una afluencia cercana al 90 por ciento -arropada por una legión de aplaudidores de cabecera, desde la radio hasta su ya habitual conferencia “bananera”-, aunque convenientemente condimentada con el ingrediente favorito del manual obradorista: la culpa siempre es de otros. Según su narrativa, una supuesta campaña contra el estado, acompañada de “actores ajenos” infiltrados hasta en marchas de pescadores, intentó empañar el brillo turístico de la entidad. Porque en Veracruz, los problemas no existen: se importan.

Eso sí, la gobernadora fue enfática: hay libertad de manifestación, pero -curiosamente- los manifestantes no eran quienes decían ser. Pescadores sin redes, marchas sin pescadores y protestas con “actores externos”: un casting político donde nadie aprueba el filtro oficial si incomoda al poder.

En su cruzada verbal, Nahle también arremetió contra el dirigente de Movimiento Ciudadano, a quien acusó de dañar la imagen del estado desde redes sociales. Porque, en esta lógica, gobernar no es resolver, sino administrar percepciones. Primero la imagen; la realidad, si acaso, después.

Mientras tanto, el derrame de hidrocarburos se diluye en tecnicismos que lo reducen a “goteos, trazas y manchas”. Una descripción casi lírica para un problema ambiental que, según la propia Nahle, fue magnificado por medios nacionales en un supuesto “nado sincronizado” mediático. Coordinación perfecta, salvo en la contención del problema.

Por su parte, el subsecretario de Turismo, Jorge Flores Lara, presumió cifras que en el papel lucen contundentes: más de mil 486 millones de pesos en derrama económica y más de un millón 200 mil visitantes en apenas cinco días. Números sólidos, aunque no tanto como para ser leídos con fluidez en conferencia. Ni el propio encargado de presumirlos logró pronunciarlos sin tropiezos, en un momento que retrató la fragilidad del discurso oficial.

La ocupación hotelera del 83.75 por ciento, la llegada de turistas nacionales y extranjeros, y las visitas al Aquarium y al Museo de Cera completan el cuadro optimista. Un Veracruz lleno, dinámico y atractivo, pero sólo en el guion.

Al final, entre cifras infladas, culpas recicladas y errores en vivo, queda la impresión de que el verdadero ejercicio no fue turístico, sino narrativo: sostener una versión donde todo marcha bien, aunque el discurso haga agua por todos lados.

En Veracruz, según la siempre ocurrente gobernadora, todo está bajo control. Queda ahora aguardar los próximos “grandes anuncios” de festivales, esa eficaz estrategia de escaparate que, más que celebrar, suele funcionar como oportuno distractor para el pueblo bueno y sabio.

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