En entrevista telefónica este día, la gobernadora de Veracruz, Rocío Nahle, volvió a la fórmula simplista  y selectiva: “gobierno para todos”, dice, mientras reconoce sin rodeos su filiación e ideología. La frase se desarma sola. El “todos” es un significante útil para la vitrina, no para la práctica. Nombra inclusión y practica frontera.

La mandataria habló de “cambio de régimen” que expulsó al neoliberalismo. Intenta construir un enemigo absoluto para blindar el presente. Sin ese pasado demonizado, su palabrería pierde combustible. La oposición binaria (antes desastre / ahora virtud) simplifica que depende del adversario para sostenerse.

Nahle hizo un inventario de “logros”, trenes, aeropuertos, refinería, puentes. Ocho años contra décadas. Una lista  que funciona como talismán: obra visible como prueba suficiente. Pero hablar con claridad obliga a preguntar por  costos, eficiencia, impacto real, sostenibilidad. La presencia de concreto tapa la ausencia de evaluación. Mucha obra, poca autocrítica.

En el plano ideológico, la brocha gorda: “la derecha” reducida a capitalismo concentrador que produce pobres en masa. Hay un punto de partida atendible, sí, pero la caricatura sustituye al análisis. Homogeneizar al adversario es una operación de poder; fija significados, borra matices y evita discutir responsabilidades propias.

En el cierre de la entrevista a modo no realizó un balance, lanzó una consigna: “hemos avanzado mucho” y “es necesario decirlo”. Decirlo no lo vuelve verdad; lo vuelve repetición. La frase clausura el debate que debería abrir.

En Conclusión, Nahle se sostiene en un universalismo condicionado, antagonismos funcionales y la obra como argumento total. La realidad no inventa grietas; las exhibe. Y en esas grietas, el “para todos” se revela como lo que es: una promesa que excluye.

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