Con la eventual salida del doctor Valentín Herrera de la Secretaría de Salud en el gobierno de Rocío Nahle, se ha desatado la tradicional romería de rumores, apuestas de café y cuchicheos de elevador. En ese tenor, en los pasillos de la dependencia se escuchan pasos que no son precisamente de enfermera, y vuelve a emerger un nombre que muchos creían sepultado en la morgue política: Roberto Ramos Alor.

Para quienes padecen amnesia selectiva, se trata del mismo galeno que dejó más anécdotas que resultados durante el gobierno de Cuitláhuac García y que hoy reaparece como fantasma administrativo. Versiones recogidas aseguran que Ramos Alor estaría más que interesado en regresar como titular, no por vocación hipocrática, sino por un saludable instinto de supervivencia: el temor a que su paso por la dependencia sea revisado con lupa y luz de quirófano. En otras palabras: quiere limpiar el cochinero.

Los mismos enterados murmuran que la metástasis que dejó el exfuncionario es tan profunda que una auditoría sin anestesia podría sacar a relucir desórdenes heredados, contratos mal suturados y expedientes que nadie quiere volver a abrir. En política, como en medicina, no hay peor diagnóstico que el pasado.

Pero si alguien duda de su renovado fervor institucional, basta observarlo cuando coincide con la gobernadora Rocío Nahle: postura encorvada, sonrisa de estampita y una prisa casi atlética por agradar. El personaje, más cercano a la caricatura que al retrato oficial, se mueve con una zalamería que haría sonrojar a cualquier cortesano del siglo XVIII.

El relevo en Salud se cocina a fuego lento y en Veracruz vuelve a sonar un nombre que muchos creían superado. Se espera que la mandataria decida con precisión y prudencia quirúrgica por alguien que no despierte temor al llegar, sino confianza en que no habrá más heridas. 

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