Por más que desde Palacio de Gobierno se pretenda barnizar la realidad con comunicados edulcorados y sonrisas de catálogo, el gobierno de Rocío Nahle avanza como barco con casco perforado: hace agua por todos lados.
La administración se percibe frágil, errática, desarticulada y, para rematar, envuelta en un aroma persistente a presunta corrupción que no disimulan ni con incienso institucional. La realidad, esa grosera costumbre de existir, se impone. Y cuando lo hace, desde el poder se opta por la vieja receta: ningunear o matar al mensajero, llamar “zopilotes” a quienes sólo describen el cadáver.
Por ejemplo, desde el año pasado comenzó a circular, con la puntualidad de un chisme bien fundado, el descontento de varios integrantes del primer círculo de la gobernadora. El estilo de Rocío Nahle es ampliamente conocido: autoritario, ríspido, más cercano al regaño de cuartel que a la conducción política. Aquí mismo se ha explicado cómo el poder, mal digerido, suele fermentar en rencor y soberbia. No es teoría: es práctica cotidiana en Veracruz.
Hoy el rumor vuelve con fuerza. No sólo el prestigiado cardiólogo Valentín Herrera estaría contando los segundos que le restan en la Secretaría de Salud. En la misma lista se ubica Ernesto Pérez Astorga, titular de Desarrollo Económico, junto con otros mandos medios que, todavía con algo de dignidad, prefieren poner tierra de por medio antes de quedar sepultados en una gestión que huele mal.
Caso contrario es el de Ricardo Ahued. Hubo quienes apostaron no resistiría ni seis meses en la Secretaría de Gobierno y que regresaría a la empresa familiar. Pero el propio exalcalde de Xalapa ha salido a desmentirlo: no ha renunciado y asegura haber recibido un “trato generoso” de la mandataria. Quizá con él los decibeles son menores.
Entre pasillos se comenta que los ajustes -o la sacudida al gabinete- podrían llegar antes del 21 de enero, pues para esas fechas la ingeniera Nahle estaría en Madrid, intentando poner a Veracruz “de moda” en la Feria Internacional de Turismo, con folletos brillantes por Europa.
Ojalá el viaje la transforme. Tal vez un lechón en “El Botín”, el restaurante más antiguo del mundo, o unas tapas en Casa Julio logren lo que no han conseguido la crítica, la evidencia y el desastre: bajarle dos rayitas. Aunque, con un poco de suerte, también podría descubrir que en el viejo continente los gobiernos caen por incompetentes y que allá los toros se lidian en la plaza, no en el gabinete.







