Hay visitas oficiales que dejan obras, acuerdos o al menos la ilusión de que algo se mueve. Y luego está la gira de Claudia Sheinbaum por Veracruz. Un ejercicio casi experimental para demostrar que la realidad puede arder mientras el discurso se mantiene intacto, pulcro, inmaculado y completamente inútil.
En la Heroica Escuela Naval Militar, la presidenta habló de disciplina, honor y patriotismo ante cadetes formados milimétricamente. Afuera, el estado ofrecía su propio concepto de disciplina, sobrevivir. Ayer mismo, dos asesinatos y tres heridos de bala. Un vendedor de sandía y un profesor. En Veracruz la muerte ya ni discrimina profesión; aquí cualquiera entra en la rifa macabra mientras el gobierno recita valores como si fueran conjuros.
Pero el verdadero espectáculo no fue Sheinbaum -ella vino, dijo lo suyo y se fue-, sino Rocío Nahle, que parece empeñada en convertir la incompetencia en política pública. La violencia crece. Un día antes, en Tihuatlán, la balacera dejó cuatro muertos, repartidos con una eficiencia que ya quisieran los programas sociales: una médica, un elemento de la Guardia Nacional, una civil y un presunto delincuente. Inclusión total en el cementerio.
Y mientras las balas hacen su parte, el sistema de salud decidió rendirse con dignidad. Más de 26 mil trabajadores en paro denunciando lo que día a día es más evidente: hospitales sin insumos, sin medicamentos, sin agua y, en algunos casos, sin electricidad. Es decir, centros de salud que funcionan más como instalaciones conceptuales que como lugares para curar. Pero eso sí, el discurso oficial insiste en que todo va hacia “primer nivel”. Quizá se refieren al primer nivel del abandono.
Lo de la gobernadora Nahle con la realidad ya es una relación tóxica: la ignora, la minimiza o de plano la niega. Y cuando no alcanza, aplica el viejo recurso de culpar al pasado, al clima o a la mala suerte. Porque aceptar responsabilidad implicaría gobernar, y eso claramente no está en el plan.
Como toque final de esta tragicomedia, el derrame de hidrocarburo en la costa. Mes y medio después, el chapopote sigue llegando como recordatorio viscoso de que aquí ni el mar se salva de la ineptitud. Los pescadores no trabajan, las especies huyen y el gobierno, bueno, el gobierno seguramente está “atendiendo el tema”, esa frase mágica que en México significa exactamente nada.
El momento más incómodo -y por lo tanto más auténtico- llegó cuando colectivos feministas encararon a la gobernadora. “Esta es la seguridad que nos ofrece”, le soltaron. Y sí, es exactamente eso, un estado donde la única certeza es el riesgo, y donde la autoridad se limita a observar, como si todo fuera un experimento social en tiempo real.
La visita de Claudia Sheinbaum dejó claro que el gobierno federal y el estatal hablan el mismo idioma; la negación elegante. Uno con retórica institucional, la otra con una pasmosa habilidad para no hacer nada mientras todo se descompone.
Veracruz hoy es un manual de lo que pasa cuando el poder se administra con soberbia y se ejerce con indolencia. Aquí la disciplina no es un valor cívico, es una condición de supervivencia. Y aun así, no siempre alcanza.








