Xalapa, Ver. – Y mientras la Secretaría de Cultura en Veracruz, celebra su año de récords y de incremento presupuestal para continuar con temas de autocomplacencia y transformación personal del personal de mando, miles de creadores, promotores y comunidades culturales veracruzanas, siguen esperando algo más que discursos coloridos: esperan que la cultura deje de ser fiesta de un día y gozosa celebración nocturna, y en lugar de ello, empiece a ser una seria y consistente política de Estado, siempre y cuando la gobernadora se llegue a dar cuenta de que en ese sector tiene a un auténtico “Caballo de Troya”.
Y así es como, arropada por un discurso de logros “históricos” y festivales multitudinarios, la titular de la Secretaría de Cultura, Xóchilt Molina acudió ante la LXVII Legislatura para presentar la glosa del Primer Informe de Gobierno. Lo hizo con una narrativa centrada en números espectaculares -1.2 millones de asistentes, cientos de actividades y decenas de miles de beneficiarios-, pero sin detenerse en los problemas estructurales que arrastran las comunidades culturales del estado: falta de presupuesto operativo, infraestructura deteriorada y apoyos irregulares para creadores independientes.
La funcionaria destacó que el eje de su gestión ha sido la promoción del patrimonio cultural y el fortalecimiento de las culturas originarias y afrodescendientes. Sin embargo, la mayoría de los resultados presentados giraron en torno a festivales masivos como el Salsa Fest, que por sí solo concentró 593 mil asistentes, o la más reciente edición de Cumbre Tajín, con 251 mil visitantes, ambos eventos cuya relevancia turística es incuestionable, pero cuya aportación al desarrollo cultural comunitario, es simplemente harina de un costal con muchos boquetes.
Lo mismo ocurrió con cifras como las 1,281 activaciones en infraestructura cultural o los más de 87 mil beneficiarios de talleres formativos. Sin embargo, no se detalló cuántos de esos espacios funcionan sin plantilla completa, cuántos talleres se impartieron con personal eventual o cuántas actividades dependen de convocatorias que se abren tarde o con presupuestos reducidos.
El informe presumió la participación de Veracruz en plataformas internacionales como FITUR en Madrid, el Festival de Jazz de Nueva Orleans o el WorldTravelMarket de Londres. Pero la funcionaria omitió precisar qué resultados concretos dejaron más allá del posicionamiento simbólico, y si existe seguimiento para capitalizar en el crecimiento cultural tales escaparates internacionales.
Aunque se presumió el apoyo a 257 proyectos comunitarios del PACMYC y las acciones en 14 municipios con presencia identitaria, tampoco se aclaró por qué quedaron fuera otros municipios con fuerte actividad cultural, o cómo se está resolviendo la demanda recurrente de falta de materiales, recintos adecuados o estímulos que no terminan de llegar.
La comparecencia se sostuvo en la enumeración de eventos: el Festival Internacional del Bolero, el Festival del Mar y la participación ‘exitosísima’ en el Cervantino. Un mosaico vibrante, sí; pero también una cortina eficaz para evadir preguntas incómodas sobre la descentralización real de la cultura, el abandono de espacios comunitarios y la desigualdad de acceso a la oferta cultural entre las regiones del estado.
En lo que respecta a infraestructura, la funcionaria dijo que los museos, galerías y teatros de la dependencia recibieron más de 241 mil visitas. Pero no mencionó los reclamos de trabajadores por falta de mantenimiento, presupuestos insuficientes y carencias operativas que se han denunciado a lo largo del año, ni la incertidumbre laboral de diversos colectivos artísticos.
En el rubro de lectura, la secretaria destacó los más de 40 mil asistentes a la Feria Nacional del Libro Infantil y Juvenil. Sin embargo, no detalló cómo se fortalecerán las bibliotecas públicas, cuántas operan con acervos actualizados, ni cuándo se resolverán los rezagos de personal bibliotecario.
La presentación terminó sin responder a cuestionamientos sobre transparencia presupuestaria, criterios de selección de festivales o evaluación de impacto cultural, o por qué se abusa del folklorismo y de los pueblos originarios, como si no hubiera otras manifestaciones culturales a promover. Y como ha ocurrido en otras dependencias del actual gobierno, las preguntas incómodas se disolvieron entre cifras luminosas y aplausos previsibles.
Porque al final -y pese al brillo de los festivales, los desfiles y los escenarios multitudinarios- quedó claro que la política cultural del estado sigue apostando a la espectacularidad sobre la profundidad, a los eventos de escaparate sobre el fortalecimiento estructural.







