Petróleos Mexicanos repite -como mantra técnico y político- que “no hay motivo de alarma” tras un nuevo incendio en la refinería Olmeca, en Dos Bocas. El segundo en menos de un mes. La frase no informa, amansa.

La empresa productiva del Estado asegura que no hubo intoxicados ni heridos, que todo está bajo control, que las condiciones son seguras. Mientras tanto, las llamas -esas que no deberían ser parte de la rutina industrial- fueron sofocadas en hora y media. Tiempo suficiente para que el discurso oficial vuelva a imponerse sobre la evidencia material: fuego reciente, memoria fresca, cinco muertos aún sin diluir en el archivo.

El 17 de marzo no es pasado. Entonces, un incendio dejó al menos cinco personas sin vida, incluida una trabajadora de la propia empresa. Hoy, el nuevo siniestro se inscribe en esa misma cadena de significados que el poder intenta fragmentar. Aquí opera la lógica de lo que se presenta como hecho aislado revela, en realidad, la estructura que lo sostiene. No son eventos; es sistema.

Pemex comunica que no hay riesgo para la población aledaña. La frase, refleja que el foco no es el riesgo, sino su negación. El lenguaje sustituye a la realidad. En palabras claras, no hay centro fijo, sólo construcciones que pretenden serlo.

Pero la narrativa se resquebraja cuando aparece otra voz institucional. La Fiscalía General de la República no coincide con la versión política. Donde desde el Ejecutivo se ubicó el incendio “en el exterior”, la fiscalía lo sitúa dentro de la refinería. Interior contra exterio,: una disputa de significados. Es la frontera entre responsabilidad y deslinde.

La presidenta Claudia Sheinbaum habló de lluvias, de posibles derrames, de hipótesis aún no confirmadas. La fiscalía, en cambio, abrió investigación sobre hechos ocurridos dentro de la instalación y desplegó agentes ministeriales. Dos versiones, un mismo fuego. La verdad, como siempre, fragmentada.

En Dos Bocas, el incendio no sólo consume infraestructura, exhibe fisuras narrativas. La insistencia en la “no alarma” termina por volverse sospechosa. Porque cuando todo está bajo control, pero el fuego regresa, lo que arde no es sólo el hidrocarburo, es la credibilidad.

¿Cuántos incendios hacen falta para que la normalidad deje de ser creíble?

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