Por Omar Piña
[Talento y disciplina de Antonio Rubial García]
En su calidad de intérprete, la participación de la esclava Malintzin facilitó la empresa de exploración, negociaciones, avance, asedio y conquista de Tenochtitlan, la ciudad-estado más poderosa de Mesoamérica. Los primeros beneficiados de aquellos servicios fueron las huestes del capitán extremeño Hernán Cortés y los indios tlaxcaltecas, principales aliados de los peninsulares. Su presencia física y participación en la primera etapa de consolidación de Nueva España es de aproximadamente ocho años; su permanencia como personaje convertido en símbolo tiene una vigencia mayor de quinientos años.
Desde el siglo XVI, ha figurado en la primera fila de la historia bajo tres nominaciones comunes: Malintzin, doña Marina o Malinche. El símbolo ha cambiado según las perspectivas que le imprime cada época. Para los novohispanos representó al territorio y conectó la raigambre india como una continuación cultural; es decir: el reino de la Nueva España era depositario de un pasado anterior a la conquista. Para los mexicanos del siglo XIX se transformó en el elemento de traición:
La presencia de doña Marina como símbolo de mexicanidad fue algo que, como todos lo sabemos, se destruyó en el siglo XIX y se convirtió en lo contrario, en un emblema de traición… Colocar a la Malinche o a los tlaxcaltecas del lado de los ‘traidores’ fue una consecuencia del proceso de formación del nacionalismo mexicano indigenista que se fue gestando a lo largo del siglo XIX y que tuvo un gran auge en los movimientos sociales posrevolucionarios (Rubial, 2015:30).
La demostración que posibilita su existencia es a través de las primeras fuentes que la documentan y cuyos autores sostuvieron contacto directo con ella. El primero fue el soldado Bernal Díaz del Castillo, es quien más la traza en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. El capitán Hernán Cortés la menciona en la segunda y quinta de las Cartas de Relación.
Atenidos a los informes del soldado Bernal. Fue a principios de abril de 1519 cuando una esclava de nombre Malintzin formó parte de un cortejo que los caciques de una región Golfo entregaron a Hernán Cortés. El capitán apenas si recalcó en ella y la regaló a un tal Alonso Hernández de Portocarrero. La expedición avanzó y para el 18 de abril, en las playas de Chalchicueyecan, los expedicionarios recibieron a una comitiva enviada por Moctezuma. Nadie se entendía hasta que intervino una esclava hablante de náhuatl y de maya.
Y entonces Hernán Cortés se fijó en Malintzin, en que era la intermediaria correcta y que, sin ella, hubiera sido imposible entenderse con los indios. El rastro de doña Marina se pierde en 1526. Su presencia, late porque “siempre [fue] caracterizada como la lengua de Cortés” (Rubial, 2015:24).
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Para mascar a fondo:
Rubial García, Antonio (2015), “Marina Malintzin, indígena emblemática (siglo XVI)”, en Gisela Wobeser (coord.), Vidas mexicanas. Diez biografías para entender a México, México, Fondo de Cultura Económica/Academia Mexicana de la Historia, pp. 11-34.







