Jesús Lezama
En México no se discute quién gobierna, sino quién reparte el miedo, el presupuesto y las candidaturas. La democracia, esa palabra que durante décadas se vendió como símbolo de modernidad, terminó convertida en utilería de campaña, en eslogan mañanero y en coartada de una clase política que hoy presume “voluntad popular” en tanto concentra el poder como en los viejos tiempos del partido único.
Si algo deja claro la historia es que a casi nadie le ha importado demasiado el ideal democrático. Fue un lujo occidental que tomó fuerza después de la Segunda Guerra Mundial y que hoy parece entrar a terapia intensiva. En buena parte del mundo lo que realmente importa no es la libertad ni la división de poderes, sino saber quién manda, quién protege y a quién conviene obedecer.
México no escapa a esa lógica. Morena prometió una transformación democrática y terminó reproduciendo los mismos vicios que juró combatir, pero ahora condimentados con propaganda moralista y culto a la personalidad. El discurso cambió; el apetito por el control absoluto, no.
Mientras en Europa algunos gobiernos todavía fingen defender el Estado de derecho, en México el oficialismo juega a desmontarlo pieza por pieza. Se desacredita al Poder Judicial, se presiona a organismos autónomos, se militariza la vida pública y se normaliza que el partido gobernante sea señalado dentro y fuera del país como presunto narcopartido. Y aun así, desde Palacio Nacional se insiste en que vivimos “la etapa más democrática de la historia”. Un humor involuntario que ni risa da.
La democracia mexicana parece haberse transformado en una especie de mercado persa donde las lealtades políticas se compran con programas sociales, candidaturas o impunidad. La pregunta del ciudadano común no es cómo fortalecer las instituciones, sino con quién hay que alinearse para sobrevivir al nuevo régimen.
La tragedia es que el deterioro ocurre con aplausos. Millones celebran la demolición institucional creyendo que es justicia social. Otros guardan silencio por miedo, conveniencia o resignación. En la república mexicana, el poder se acumula alrededor de un movimiento que se autoproclama humanista mientras tolera candidatos impresentables, pactos oscuros y gobernadores bajo sospecha permanente.
Alexis de Tocqueville advertía que las democracias podían suicidarse lentamente desde dentro, entregando libertades a cambio de promesas de protección. México parece decidido a comprobar la teoría. Aquí no importa demasiado la legalidad, la separación de poderes o la neutralidad del Estado. Lo importante es controlar la narrativa y mantener intacta la maquinaria electoral.
La ironía es que quienes prometieron acabar con “la mafia del poder” terminaron construyendo una versión más eficaz, más propagandística y mucho más popular de la misma estructura.
La democracia mexicana no morirá de un golpe militar. Se ha ido apagando entre conferencias mañaneras, propaganda, polarización y ovaciones multitudinarias. Lo más lamentable -quizá- sea que buena parte del país aprende a vivir cómodamente entre los escombros.







