María José Solano/Zenda
La conversación en Letras Sevillas estaba convocada bajo un título —Olvidar o recordar— y con la mirada puesta en la memoria, la Guerra Civil y la Transición. Pero la actualidad se anticipó. Pedro Sánchez había anunciado unas horas antes la convocatoria de elecciones generales para el 29 de noviembre y resultaba imposible sentarse ayer noche ante José María Aznar, expresidente del Gobierno y del Partido Popular y actual presidente de la Fundación FAES, sin empezar por ahí.
***
JUANMA LAMET.—Presidente, bienvenido y muchas gracias por estar esta noche en Letras en Sevilla. La primera pregunta resulta inevitable. Pedro Sánchez ha anunciado hoy elecciones generales anticipadas para el 29 de noviembre. ¿Qué opinión le merece la convocatoria? ¿Estamos ante unas elecciones que pueden marcar un antes y un después para España?
JOSÉ MARÍA AZNAR.—Desde luego. En mi opinión, estamos ante las elecciones más importantes desde el comienzo de la Transición. Y conviene entender muy bien qué es lo que se va a decidir, porque no estamos ante unas elecciones cualesquiera en las que simplemente se juega la alternancia en el Gobierno. Quienes convocan estas elecciones y sus aliados quieren darles un carácter prácticamente constituyente. Si la actual coalición de Gobierno ganase las elecciones o pudiera formar otra vez gobierno, es evidente que el sistema constitucional que hemos conocido hasta ahora estaría en cuestión. Estaría en cuestión la unidad de España tal como la hemos conocido y estaría en cuestión la monarquía constitucional. Por eso digo que son unas elecciones absolutamente determinantes. Se cuestiona la unidad de España mediante la pretensión de transformarla en una realidad plurinacional; se cuestiona el sistema constitucional hablando de un nuevo periodo constituyente; y todo eso acaba afectando, inevitablemente, a uno de los elementos esenciales de nuestra Constitución, que es la Corona. El ciudadano español debe saber, por tanto, qué va a votar. No va a votar únicamente quién ocupa La Moncloa durante los próximos cuatro años. Va a votar sobre algo de mucho mayor alcance. Y el pasado podrá gustarnos más o menos, pero ya no depende de nosotros. El futuro, sí.
—Si Sánchez pudiera conformar otra mayoría, ¿estaríamos, según usted, ante una ruptura definitiva?
—Estas elecciones son también una rendición de cuentas después de dos legislaturas y de todo lo ocurrido durante estos años. Pero, además de eso, España necesita afrontar una tarea muy profunda de reconstrucción política, económica, social, institucional y territorial. No se trata simplemente de sustituir una coalición por otra. Se trata de reconstruir aquello que se ha deteriorado.
—Si estamos tan cerca de esa situación que usted describe como disolvente y quien logra formar gobierno es Alberto Núñez Feijóo, ¿hasta dónde tendría que llegar el cambio?
—Eso tendrá que determinarlo él. Yo no pretendo hablar en nombre de nadie. Pero creo que resulta imprescindible recuperar los valores institucionales y constitucionales, recuperar los valores esenciales de la Transición, restablecer cauces de diálogo y volver a fijar objetivos comunes. Hay que recuperar todo aquello que hace más fuerte a una nación: instituciones sólidas, un Estado de derecho respetado y ciudadanos que vuelvan a confiar en esas instituciones.
—¿Está hablando de una especie de segunda Transición?
—Estoy hablando de una profunda agenda de reconstrucción nacional. Y me parece absolutamente imprescindible: desde el punto de vista demográfico, desde la salud institucional, desde la supervivencia del Estado de derecho y desde el propio funcionamiento del país.
—Usted ha insistido en otras ocasiones en que no es lo mismo un Partido Popular con 160 diputados y Vox con 30 que un PP con 130 y Vox con 60. Las encuestas apuntan a un crecimiento importante de Vox y, al mismo tiempo, PSOE y Vox parecen retroalimentarse. ¿Teme que esa dinámica se acelere durante la campaña?
—Uno de los elementos fundamentales de la estrategia de Pedro Sánchez consiste precisamente en eso: intentar dividir todo lo posible el espacio situado a su derecha. Su interés es hacer el mayor daño posible al Partido Popular y favorecer todo lo posible a Vox. ¿Por qué? Porque España necesitará después de las elecciones un gobierno fuerte, sustentado sobre una mayoría muy sólida. No es lo mismo que el partido que debe gobernar sea fuerte y el partido complementario sea débil que encontrarnos con la situación contraria. Eso tiene consecuencias evidentes para la capacidad de gobernar.
—Entre quienes nos están siguiendo y quienes están esta noche aquí habrá muchos votantes situados precisamente en esa frontera entre PP y Vox. Ya que hoy empieza de hecho la precampaña, ¿por qué debería votar al Partido Popular un elector liberal-conservador y no a Vox?
—Porque si uno piensa que la Constitución está en juego, que nuestro sistema de convivencia está en juego, no puede imaginar que cambiar el sistema constitucional, acabar con la Transición o poner en cuestión la Monarquía parlamentaria no vaya a afectar profundamente a la convivencia. Claro que afecta. Estamos hablando de la unidad de España, del mantenimiento de la Constitución, del Estado de derecho, de la sostenibilidad del Estado del bienestar y de la presencia internacional de España. Son cuestiones históricas de primera magnitud. Y todo eso no puede afrontarlo un gobierno débil o condicionado. Hace falta un gobierno fuerte.
—Se lo planteo de otra manera. Usted habla de quienes quieren debilitar al Partido Popular desde la izquierda. Pero hay otro actor que también intenta debilitarlo: Vox. En esa encrucijada que usted describe, ¿Vox está ayudando o está poniendo palos en las ruedas?
—Mi opinión es que al actual Gobierno le interesa todo aquello que fortalezca a Vox, porque sabe que cuanto más fuerte sea Vox, mayores dificultades tendrá el Partido Popular. Pero mi preocupación no es la táctica partidista. Mi preocupación es cómo se afrontan los problemas de España en un contexto internacional extraordinariamente complicado y peligroso.
—Pero un Vox fuerte hará más difícil esa tarea que usted plantea. No es lo mismo PP 165 y Vox 35 que PP 140 y Vox 60.
—Evidentemente. La primera fórmula permite afrontar los problemas del país con mucha mayor fortaleza.
—UGT y Comisiones Obreras ya han apuntado la posibilidad de una huelga general si gobierna la derecha.
—Lo que nos faltaba por ver en España era una huelga general contra la alternancia. Porque, vamos a ver: ¿una huelga general contra qué? ¿Contra la posibilidad de que los ciudadanos elijan otro gobierno? Eso equivale a decir: “El muro que levantamos durante estos años, si podemos, vamos a levantarlo tres veces más alto”. Con todos mis respetos hacia los sindicatos, plantear una huelga general contra una alternativa democrática me parece políticamente delirante. Significa haber perdido el sentido de lo que es la alternancia democrática.
—Estas elecciones llegan también con la vivienda convertida en una de las grandes preocupaciones sociales. ¿Puede ser un factor decisivo para cambiar el voto, especialmente entre los jóvenes?
—La vivienda es un problema serio, pero no ha nacido ayer. Lo que no tiene ningún sentido es intentar resolverlo convirtiendo al propietario en poco menos que un criminal y al casero en poco menos que un ladrón. Si alguien tiene una vivienda y sabe que le van a imponer el precio del alquiler, que tendrá dificultades para recuperar su propiedad, que se prorrogarán determinadas condiciones automáticamente y que aumenta permanentemente la inseguridad jurídica, ¿por qué va a poner esa vivienda en alquiler? Eso reduce la oferta. Y cuando reduces la oferta, aumentan los precios. Si quieres resolver el problema de la vivienda, tienes que construir más, generar seguridad jurídica, aumentar la oferta y favorecer el empleo de los jóvenes. Lo demás puede sonar estupendamente en un mitin, pero no resuelve el problema.
—¿Cree entonces que la vivienda no moverá voto?
—Naturalmente que puede moverlo. Pero conviene recordar algunas cosas. Cuando yo era presidente del Gobierno, alrededor del 82 % de los españoles eran propietarios de su vivienda. Hoy esa cifra es menor. ¿Eso convierte a todos esos propietarios en bandidos? Evidentemente, no. Habrá malos caseros y habrá malos inquilinos. Pero si cada medida que se adopta reduce la oferta de alquiler, aumenta la inseguridad jurídica y además no se construye vivienda suficiente, el resultado será inevitable: acceder a una vivienda será cada vez más difícil y más caro.
—Hay otra cuestión que conecta directamente con estas elecciones. Hemos conocido el censo que, en principio, se utilizará el 29-N, cerrado antes de determinadas decisiones judiciales relacionadas con personas nacionalizadas mediante la llamada Ley de Nietos. Santiago Abascal ha pedido además precaución con el voto por correo. ¿Existe algún motivo real para desconfiar del sistema electoral español?
—España ha tenido razonablemente un buen sistema electoral durante toda la democracia. Puede gustarme más o menos algún aspecto, pero ha funcionado bien. Ahora bien, la cuestión de la nacionalidad merece una reflexión. Yo no conozco muchos países donde un bisnieto de una persona que salió del país hace generaciones pueda obtener la nacionalidad y, automáticamente, determinados derechos políticos sin haber pisado nunca ese país. He conocido en mis viajes personas que me explicaban, hablando en inglés o en portugués, que acababan de adquirir la nacionalidad española. Y cuando preguntabas por sus padres o sus abuelos, descubrías hasta qué punto era lejana su relación efectiva con España. Creo que la concesión de la nacionalidad española debería estar sometida a reglas muy precisas. Y el derecho de voto merece todavía mayor cuidado.
—¿Está diciendo que teme una alteración del censo electoral?
—Estoy diciendo que cualquier llamada de atención ante una posible alteración del censo electoral me parece legítima.
—Pero le pregunto directamente: ¿cree que serían capaces de hacerlo?
—Si me pregunta si creo que alguien puede intentar alterar las reglas cuando considera que lo necesita, mi respuesta es que hay motivos suficientes para estar vigilantes.
—Entremos ahora en el asunto que nos había traído esta noche aquí. La frase está escrita detrás de nosotros: “La guerra la perdimos todos”. ¿Está de acuerdo?
—En un sentido general, sí. No hay miseria mayor que una guerra civil. Pero dicho eso, hay que tener cuidado con la frase “la guerra la perdimos todos”. Podemos decirlo en un sentido histórico y moral, pero otra cosa distinta es que quienes hemos nacido después nos declaremos vencedores o vencidos de aquella guerra. Yo no intervine en ella. Usted tampoco. No me considero heredero de un bando ni del otro. Y detesto las políticas que pretenden volver a alinearnos según los bandos de entonces, porque eso no responde a la España actual. Precisamente de aquello salimos con la Transición, cuando se produjo una reconciliación nacional.
—Entonces, ¿no existen hoy las dos Españas, sino políticos interesados en volver a invocarlas?
—Exactamente. Y ahí está una de las grandes oportunidades que tenemos en estas elecciones: recuperar una España que quiera desarrollarse, garantizar su Estado de derecho y recuperar el espíritu de convivencia que hizo posible la Transición. Porque la Transición no fue un ejercicio de olvido. Fue un ejercicio de futuro. Y hay una pregunta que deberíamos hacernos: ¿qué sentido tiene que los abuelos se perdonaran, que los padres convivieran y que ahora sean algunos nietos quienes pretendan volver a la Guerra Civil? ¿Qué sentido tiene? Hoy no existen en España aquellos bandos en los términos de 1936. Lo que existen son pésimas políticas que pretenden devolvernos a aquel enfrentamiento y reabrir algo que los españoles decidieron superar. Eso es exactamente lo que no deberíamos permitir.




