Por María José Solano/Zenda
La hipótesis más peligrosa (Alfaguara, 2026), la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte, parece reunir dos experiencias fundamentales: la del reportero que durante veintiún años vio y contó algunas de las guerras más crueles del siglo XX y la del marino que lleva décadas navegando por el Mediterráneo.
La novela, aventura en estado puro, puede leerse también como una personalísima carta náutica: los lugares visitados, los peligros vividos y las historias que el autor encontró en ellos reaparecen ahora transformados en ficción. Es esta una hipótesis de lectura muy personal de la arriba firmante. Quizá no la más peligrosa, pero sí la más hermosa.
Tengo ocasión de comentárselo a Pérez-Reverte mientras charlamos en Prócida, adonde hemos acudido un nutrido grupo de periodistas de distintos medios con motivo del lanzamiento del libro. En la isla de Arturo, la que Elsa Morante convirtió en territorio literario, le pregunto por ese Mediterráneo suyo, tantas veces navegado, donde la literatura y la vida terminan por confundirse.
—El viaje de esta historia ya estaba allí, disperso en mis artículos —me responde—. Bastaba reunirlo y prestarle una parte de mi mirada a Asier Lerrant. Al lector le corresponde ahora hacer el resto.
Nos embarcamos, pues, a bordo del barco de Lerrant, el Nostos, que de alguna manera es como imaginar el velero que Pérez-Reverte capitanea cada vez que ese noviembre húmedo y lluvioso del alma del que hablaba Melville le pide hacerse a la mar y salir a buscar su particular ballena blanca.
El nombre del velero no es casual. Nostos llamaban los griegos al regreso a casa, y de regresos, naufragios y hombres que vuelven trata buena parte de la literatura mediterránea desde que Ulises decidió complicarse la existencia.
La navegación comienza en Calpe, bajo la mole del Peñón de Ifach, esa formidable piedra que los antiguos conocieron como referencia de una costa por la que pasaron fenicios, griegos y romanos. En el pequeño puerto se produce el encuentro entre el misterioso Asier Lerrant y el huérfano Cal Gadea, de dieciséis años, y ambos se embarcan poniendo proa hacia el este. El chico aprenderá muy pronto que en el mar las cosas importantes no suelen explicarse dos veces. Hay que mirar, escuchar, calcular el viento y asumir la importancia de obedecer. También aprenderá que cada isla, cada estrecho y cada puerto esconden una historia, a menudo escrita con sangre.
La primera parte del viaje conduce hacia Baleares y Cerdeña. En Formentera encontramos una de esas escenas que parecen escritas muchos años antes para terminar formando parte de una novela. «Después de varios días de mar y cielo echo el ancla en Formentera frente al Molí de la Sal», cuenta Pérez-Reverte en uno de sus artículos marineros. Cinco metros de sonda, treinta y cinco de cadena y un libro entre las manos: Juventud, de Joseph Conrad. Desde la cubierta contempla las maniobras de otros navegantes, sus torpezas y sus imprudencias, mientras la lectura lo devuelve a aquellos años en que el mar y la vida parecían no tener límites. En la Formentera de la novela, Lerrant conoce al amor de su vida, Irene Gadea, la madre del muchacho, una mujer muerta que, paradójicamente, actúa a lo largo de la historia como el verdadero nudo de vida entre los dos protagonistas.
En otro artículo escrito por Reverte en estas mismas aguas, «Los chicos de aquel verano», el autor observa a unos adolescentes que se lanzan al mar desde las rocas y recuerda los veranos de su propia juventud, los primeros amores y aquella maravillosa inconsciencia de quienes todavía tienen toda la vida por delante. Hay algo conmovedor en imaginar al marino veterano contemplando a esos muchachos sin saber que, años después, embarcaría a uno de dieciséis años, Cal Gadea, en el Nostos. Como si aquel libro de Conrad, leído al abrigo de Formentera, hubiera terminado por encontrar su continuación en la novela. Porque también esta es una historia de aprendizaje: la de un muchacho que descubre el mundo de la mano de un hombre que ya conoce demasiado bien sus peligros.
Unos años después, en «Rumbo de colisión», Reverte regresará para contar otra experiencia. Eran las tres y cuarenta y seis de la madrugada. Navegaba entre Menorca y el sur de Cerdeña cuando las luces de un mercante aparecieron en la oscuridad siguiendo un rumbo inquietante. Lo que sigue es una pequeña lección de navegación, prudencia y sangre fría. Un hombre solo de guardia, un barco enorme acercándose, las luces de situación, los cálculos y la necesidad de decidir. No hay heroísmo, sólo oficio. Y ese oficio es precisamente lo que el marino errante intenta transmitirle a su hijo en la novela.
Desde Cerdeña, el Nostos continúa hacia el estrecho de Mesina, esa angostura donde los antiguos situaron a Escila y Caribdis. Conviene recordar que para un navegante griego aquellos monstruos no eran solamente criaturas mitológicas: representaban peligros perfectamente reconocibles, corrientes, remolinos y costas traicioneras. Después se abre el mar Jónico, el territorio de las grandes navegaciones clásicas, y más al este la profunda fosa de Heródoto, cuyo nombre parece inventado para una novela de aventuras. Aquí el Mediterráneo deja de ser un paisaje de vacaciones y recupera su verdadera condición de escenario histórico. Por sus aguas navegaron comerciantes fenicios, trirremes griegas, galeras romanas, flotas bizantinas, cruzados, corsarios y marinos de todas las banderas.
Pérez-Reverte ha contado en «Luces en la noche» su fascinación por esas horas de guardia en que el mundo se reduce a la cubierta de un barco y unas pocas luces lejanas. Navegar de noche tiene algo de ceremonia antigua. La costa desaparece, el tiempo adquiere otra medida y uno comprende que, bajo la quilla, no solo hay agua. También están los naufragios, las derrotas y las victorias de quienes pasaron antes. El escritor confesaba en aquel artículo que aprobar el examen de capitán de yate fue uno de los momentos más felices de su vida. No resulta difícil entenderlo. Después de tantos años contando guerras ajenas, poder gobernar un barco propio debía de parecerle una forma bastante razonable de libertad.
Pero el viaje de La hipótesis más peligrosa tiene un destino que convierte toda esta navegación en algo más que una aventura marítima. Ese destino es Tiro, en la costa del actual Líbano. Y allí nos espera una historia que comenzó mucho antes de que existieran Asier Lerrant, Cal Gadea o el Nostos. Incluso antes de que Pérez Reverte se convirtiera en capitán de su propio velero.
El 12 de junio de 1974, un jovencísimo Arturo Pérez-Reverte llegó a Tiro en autobús. Tenía veintidós años, trabajaba como reportero y buscaba contactar con la guerrilla palestina. Dos individuos comenzaron a seguirlo, convencidos, al parecer, de que aquel español que hacía demasiadas preguntas podía ser un espía israelí. La situación se complicó lo suficiente para que buscara refugio en una iglesia. Allí encontró a un sacerdote, el padre Isard, que lo acogió y terminó mostrándole una cripta medieval.
Lo que vio entonces lo acompañaría durante décadas: el sepulcro de un caballero templario, una figura de piedra mutilada, superviviente de un mundo desaparecido. Lo contó cuarenta y cuatro años después en «La tumba del templario», uno de esos artículos donde el antiguo reportero y el escritor de novelas se dan la mano. Porque Tiro no era cualquier ciudad. Había sido una de las grandes capitales fenicias, una potencia comercial cuyos navegantes recorrieron el Mediterráneo mucho antes que los romanos. Alejandro Magno tuvo que construir un dique para conquistarla. Siglos después fue una plaza fundamental de los cruzados, y sus piedras conservaron durante generaciones la memoria de aquel Oriente latino que terminó desapareciendo.
Imagino al reportero de veintidós años contemplando aquella tumba mientras, fuera de la iglesia, dos hombres lo buscaban por razones que nada tenían que ver con las Cruzadas. Y pienso en el escritor de hoy, de setenta y cuatro, que regresa literariamente al mismo lugar después de haber dado la vuelta a tantas guerras, tantos libros y tantos mares.
Hay, además, algo profundamente revertiano que se repite en esta novela. Sus personajes no viajan por lugares desconocidos para el hombre que los inventa. Al contrario: caminan por ciudades que él recorrió, navegan por mares donde pasó noches de guardia y encuentran fantasmas que el propio autor conoció mucho antes que ellos. La imaginación se ocupa de lo demás. Al final, quizá La hipótesis más peligrosa sea también eso: la historia de un hombre que vuelve sobre su propia carta de navegación para enseñar a otro a leerla. Desde el Peñón de Ifach hasta las ruinas de Tiro, el Mediterráneo aparece como una inmensa biblioteca cuyos libros están escritos en piedra, sal y sangre. Reverte le presta su voz al judío errante y Cal Gadea, trasunto de Telémaco, pone la mirada de quien todavía tiene todo por descubrir.







