Por Omar Piña

[Talento y disciplina de Palmira García Hidalgo]

A partir del descubrimiento, la conquista y colonización, nunca fue sencillo viajar al Nuevo Mundo. Las condiciones materiales eran precarias dado que las embarcaciones no estaban diseñadas para el transporte de pasajeros, lo que hacía el traslado incómodo, desde los espacios hasta el matalotaje, que es la provisión de víveres. El agua para consumo humano siempre representó inconvenientes, pues con el paso de los días comenzaba a estancarse y no había de otra que consumir aquella “agua de florero”.

A esas incomodidades hay que añadir las incertezas. Trasladémonos al año de 1608 y pensemos en una tal Jerónima Rodríguez, para ese tiempo tenía 38 años y por fin había conseguido la aprobación para trasladarse a las Américas. La acompañaban sus siete hijos y el motivo de su viaje era reunirse con un marido al que hacía 13 años que no veía. 

No eran precisamente viajeras autónomas, pues “un factor crucial para las mujeres era que la elección de su destino estaba casi siempre determinada por el hombre al que estaban subordinadas, ya fuera su padre, esposo, hermano o hijo” (García, 2026:67). Unas iban a reunirse con sus parientes y otras estaban amparadas por las familias que las llevaban como parte de su servicio y se desempeñarían como doncellas, criadas o nodrizas.

Era 1610 cuando a sus setenta años, Catalina Girona obtuvo permiso para trasladarse a una ciudad de Colombia; allí se reuniría con su hermano, que era obispo. En aquella situación no viajó sola. Según consta en los documentos, el alegato consistió en mostrar “que le es fuerza llevar criados y criadas y esclavos que le sirvan porque no podrá ir de otra manera por su mucha edad y calidad” (García, 2026:76).

Pero no bastaba con reunir dinero para costear un pasaje. Los viajeros que deseaban emprender la travesía requerían trámites legales y por lo regular, obtenían una respuesta favorable quienes mostraban que tenían un respaldo al llegar a América.

Se llamaban “licencias de embarque”, servían como filtros políticos y raciales y se tramitaban para viajar legalmente con rumbo a las Américas. Las buscaban quienes deseaban revertir la suerte, pero estaban negadas a determinados grupos, como los gitanos o los judíos. Las católicas majestades intentaban vigilar que a sus dominios americanos sólo llegaran pobladores de cepa ibérica “con la intención de asegurar el tipo de población que les convenía” (García, 2026:62).

Para controlar ese flujo migratorio, las autoridades establecieron tres corporaciones: Casa de Contratación, Consejo de Indias y Junta de Arribadas. Los candidatos debían abrir un proceso en el que presentaban documentación que consistía en probanzas, cartas y testimonios que justificaran su entrada a las posesiones americanas. Los que recibían el beneplácito debían iniciar los preparativos, como la compra del pasaje y la preparación del equipaje. Lo demás, era aguardar la suerte y el buen destino.

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Para mascar a fondo:

García Hidalgo, P. (2026), “Buscando nuevos horizontes: españolas, solteras y viudas rumbo a América en el siglo XVII”, Arenal, Revista de historia de las mujeres, 33 (1), 57-82.

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