LA CAÍDA DEL PRÓFUGO (8)

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Con tropiezos llegó al cuarto de baño. Se arrodilló ante el inodoro y vació los últimos restos de alcohol y comida que guardaba su estómago. Pudo percibir un ligero alivio aunque seguían los síntomas de mareo y deshidratación.

Entró a la ducha con la idea de que el agua caliente brindaría algún consuelo. La cabeza le dolía como si estuviese recibiendo mazazos. Quiso volver a la cama, pero la urgencia lo regresó al váter a vomitar un amargo líquido transparente. La debilidad y el sufrimiento le llevaron a pensar en la muerte.

No supo cómo llegó al hotel esa madrugada. Recordaba el prostíbulo donde había estado la tarde anterior y la mujer que le acompaño a beber; su insignificancia y el poco inglés que hablaban ambos no permitieron otra cosa.

La claridad de la mañana molestaba sus ojos. Se sentó en un sofá a contemplar el Atlántico marroquí mientras hacía intentos de probar el café y la tostada que le habían llevado. La sensación de bienestar y la brisa marina le ayudaron a dormir unas horas. Cuando despertó, pidió una botella de vino, pan de centeno y un plato con quesos. Después de comer se sintió recuperado aunque sin ganas de salir a la calle. El mundo celebraba las navidades mientras él vivía en un país extraño, rodeado de melancolía y soledad.

Alex había perdido la cuenta del tiempo que llevaba huyendo. El recuerdo de sus hijos le oprimió el corazón. Sabía que se acercaba inexorable la hora de volver a Galicia. Mil quinientos kilómetros lo separaban de sus juegos y sus risas. Pensaba en las maneras de afrontar el reencuentro con ellos y las respuestas que debía darles.

Se preguntaba cómo era que había llegado a esa lamentable situación. Recordó la mezquindad de su propia familia, que nunca lo alertó o aconsejó. Se sentía traicionado por Gabriela y manipulado por Matías, su suegro. Llegó a la conclusión de que todos los que le rodearon, hasta los que se decían sus amigos, habían pensado en que él representaba una oportunidad de oro. ¡Claro, la oportunidad de sus vidas!

Recordó su paso por el ministerio de finanzas, los años de la diputación y lo que siguió después. En la beneficencia, su mujer se había encargado de convencer a la esposa del jefe de gobierno, de que él era la mejor opción para ser el siguiente presidente de la Xunta.

Por fortuna, “el perico” y “cara de lata” no eran bien vistos por la señora. Lo comprobó aquel diciembre cuando los periódicos publicaron la fotografía donde estaban –él y Gabriela– con la pareja presidencial, anunciando que ellos serían los sucesores en la Xunta. Cuando llegaron las elecciones, su figura creció y sus oponentes se tuvieron que hacer a un lado. Así fue como llegaron al gobierno de Galicia.

Evocó las fiestas privadas con los amigos de siempre y los nuevos aliados. Todos se asombraron aquella ocasión cuando entró por la puerta al estilo de Nerón, portando solamente una túnica. Los convocados debieron enfundarse en una vestimenta similar; había de varios colores y medidas. Noches de negociaciones en medio del desenfreno y los placeres.

Pasaron por su mente las reuniones con estudiantes en auditorios atestados. En especial, aquella tarde en que los muchachos lo cargaron como a una estrella de rock, yendo todos al suelo cuando bajaban las escalinatas, debido a que no podían sostenerlo por su corpulencia.

¡Hostias, me cago en la leche! ¡Qué tiempos, carajo! ¡Buenos chicos!, murmuró.

Recordó al comedido tesorero Aguilera, llevándole cada viernes una caja de huevos de gallina campera, ya sin huevos, pero repleta de fajos de billetes de quinientos. El ministerio de hacienda era una verdadera mina de plata, como aquellas que tenía la Nueva España en los tiempos del Imperio. En ese instante recapacitó en que nunca tuvo la curiosidad de saber si era cierto el dicho de que a cada una de esas cajas le cabían diez millones de euros.

Suspiró al evocar el primer traspaso que hicieron a su cuenta desde los fondos del ministerio de pensiones de seguridad social. Fue una época de felicidad y desencuentros. Se llevó la mano a la mejilla cuando recordó la bofetada que le dio su madrina y el rompimiento definitivo con su antecesor. A ella le debía su llegada a las altas esferas del poder.

En esos años alcanzó los 130 kilos de peso. Había adquirido una obsesión por la comida y el vino. Para su suerte, en ese tiempo tenía al Moscos, al que le bastaba una mirada suya para tomar el helicóptero y volar a Madrid a comprar su platillo predilecto, los huevos rotos de Casa Lucio.

Pero todo se derrumbó aquel fatídico enero, cuando el presidente del tribunal de cuentas fue al Telediario.

“El presidente de la Xunta debería estar en la cárcel porque no ha comprobado treinta y cinco mil millones que le entregó el gobierno central”

¡Qué alcances de ese maldito viejo decrépito!, pensó Alex. ¡Igual de loco que el padre Sayago!

¡No, no debo aparecerme por Galicia!, decidió convencido Alex. ¡Que me perdonen mis hijos!, remató. Y que se pudran en los infiernos la maldita Gabriela y el tramposo de Matías. ¡Ellos, ellos son los culpables de todo, no yo!

Se tranquilizó al reflexionar en que no tenía nada de qué preocuparse. Se lo aseguró el presidente en La Moncloa. Incluso lo había felicitado por la idea de presentarse en vivo al Telediario.

¡Ese periodista es un cretino!

“¿Pero no tiene miedo a una revisión del Tribunal de Cuentas?”, me preguntó el imbécil.

“Podéis revisar lo que os parezca”, le dije, mirándolo a los ojos.

¡Ja, ja, ja! ¡De verdad que soy un cínico!

¡Tengo más cara que espalda!

¡Me parto el culo, sólo de recordar que juré que nunca me iba a ir de Galicia!

Continuará…

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