LA CAÍDA DEL PRÓFUGO (9)

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Los días en Argentina le hacían olvidar el mundo y sus problemas. El país de las pampas y el mate había cautivado a Gabriela. Llevaba dos meses en Buenos Aires con Manu, quien jugaba polo en el Abierto de Palermo gracias a la invitación que le hiciera uno de los equipos del torneo. Los niños se habían quedado en Orense bajo el cuidado de su secretario y dos cariñosas nannies. Tras la primera semana en Sudamérica, los enamorados descubrieron que el viaje se convertía en un paseo de luna de miel para los dos.

En medio del glamour y las celebridades del palco principal del estadio, Gabriela miraba con deleite la estampa del gallardo jinete y su cabalgadura, perfectamente integrados al grupo de polistas porteños. Aún sin conocer los pormenores de ese deporte, pudo compartir la emoción de los espectadores cada vez que la pelota se acercaba al arco.

Observaba la felicidad de las otras mujeres junto a sus parejas. Se sintió contagiada del buen vivir que se respiraba en el lugar; era dichosa con ese hombre que compartía el gusto por los caballos y había logrado enamorarla. La convivencia de ese tiempo consiguió afianzar la relación.

Cuando terminó el partido y mientras los jugadores salían del vestidor, ella se mantuvo en su sitio para esperar a su hombre. La suave brisa veraniega refrescaba su cara y hacía ondear su abundante cabellera.

Pensó que merecía la oportunidad que la vida le entregaba; y se felicitaba por el esfuerzo realizado para conseguirla. Por momentos sintió que el ambiente bonaerense le aclaraba los pensamientos.

Evocó las conversaciones con su padre. Sus consejos y estrategias la habían conducido al tiempo perfecto que ahora disfrutaba en las inmensas llanuras del hemisferio sur. Tú debes volar alto y aprender a decidir tu futuro; pero para ello debes comportarte como un águila. Tienes que actuar como una de esas aves, le había dicho un día. Ellas no temen a nada ni a nadie. Tus garras han de ser fuertes y debes estar convencida de que en las alturas nada te detendrá. Por eso las águilas son las aves que reinan en la naturaleza. Ellas eligen su destino, ese es su secreto de supervivencia.

Recordó la docilidad de Alex en la Xunta; en el ministerio de finanzas y en la presidencia. El pobre nunca se atrevió a contrariarla. Por eso ella pudo gestionarle a su padre todo lo que requería para sus negocios. Por esa debilidad, su marido se sentía obligado a comprarle lo que apeteciera. Y cuando había que decidir, con una sola mirada feroz rompía nombramientos de colaboradores incómodos que pretendían desdeñarla.

Y es que el estilo cuesta; el género femenino es duro e inflexible, se atrevió a filosofar. Estaba obligada a demostrarle a las señoras de alcurnia, a las del dinero de Galicia, que ella también era parte de ese grupo privilegiado. Tuvo que entenderlo pronto y se apresuró a parecerlo.

Evocó la tarde en que recibió en su casa a una de las damas de la alta sociedad de Santiago, quien era hija del empresario más importante de la radio gallega. Para impresionarla, le invitó un té con pastelillos en la sala inglesa e hizo llegar a un vendedor de arte para comprarle en ese momento un cuadro de Francisco Arjona, por el que pagó con un cheque de cincuenta mil dólares. Los afanes altruistas de la visitante, estaban encaminados a obtener de la anfitriona el apoyo económico para una fundación de ayuda a los pobres. En ese instante, Gabriela reparó en la ingenua iniciativa de aquella señora: ¡Qué tonta manera de perder el tiempo, Dios mío!

Había convencido a Alex para que ella manejara las inversiones. Él nunca tuvo las luces necesarias; hubiera perdido todo, reflexionó. Además de su locuacidad, sus hermanos eran unos parásitos. ¡Qué lastre de familia! En qué estaría pensando cuando me casé con un individuo sin objetivos, sin guía; un triste paria sin nombre. Qué bueno que le quité a los niños; qué ejemplo, qué herencia podía dejarles. ¡Nada, la mediocridad, solamente!

Recordó uno de los errores que le tenía molesta e intranquila. Por qué no hice caso a mi padre. ¡Hija, olvida tus prejuicios morales, me dijo; esta es la oportunidad para enterrar el pasado y que nos dejen en paz! Mis contactos me aseguran que cuentan con los medios para destruir la evidencia. Piénsalo bien, por favor, le había insistido Matías una madrugada.

Como antes, repasó el plan que diseñó aquella noche con su padre. El enviado del presidente les había dado la clave cuando habló con Alex: ¡Piérdete en el éter, es la única forma! Matías y ella acordaron que uno de esos hombres (contratados por ellos) regresaría a convencerlo de ir a La Moncloa a finiquitar el asunto. Al mismo tiempo, ella presionaría a su marido para hacer dicho viaje, durante el cual sería interceptado y desaparecido por la mafia.

¡Pero no lo hice, maldita sea!, reflexionó. Yo no puedo cargar con esa culpa. Me cuesta imaginar a Alex hundiéndose en un tanque lleno de ácido. Para qué hacerlo, si ya tenía yo lo que sacamos de la Xunta. Preferible que ese idiota se deshaga en el olvido.

Una voz conocida la sacó de los recuerdos: ¡Querida, ya estoy aquí! ¡Qué hermosa te ves con ese vestido lila!, le gritó Manu amoroso, mientras se acercaba. Perdóname por hacerte esperar.

Linda, ahora sí, cuando dispongas, vamos a Mar del Plata a saludar a tus padres, agregó.

¡Gracias, amor! ¡Tú siempre tan pendiente de mí, por eso te amo! ¿Sabes qué?

¡Muero por montar mis caballos!

 Continuará…

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