Pudiera afirmarse que las horas de la presidenta de México en la ciudad de Barcelona durante la reunión progresista que convocó el presidente de España el fin de semana, únicamente sirvió para que la doctora Claudia Sheinbaum Pardo cumpliera uno de sus sueños juveniles. 

Y habría que preguntarse si su asistencia al evento con los mandatarios latinoamericanos invitados, se hubiese concretado como ocurrió, si ella no tuviera tanta dependencia con López Obrador, su creador y protector. O si el contenido de su discurso hubiera sido diferente, sin la perniciosa influencia que en ella ejerce el exgobernante tabasqueño.

Revisando lo que sucedió en Cataluña, y si se hace con alguna objetividad, puede corroborarse que Sheinbaum sólo hizo real en España un entrañable sueño juvenil de su época cantora y revolucionaria: plantar cara ante otros gobernantes en Europa, reafirmar ahí su intenso amor por Cuba y el castrismo, demandar la no intervención militar en el país caribeño, clamar por el apoyo material a ese gobierno per secula seculorum, e intentar parecer una auténtica mujer de Estado, que recordando su vocación “científica”, propuso reforestar cada año millones de hectáreas a nivel mundial. 

Fuera de ello, pocos en México y en España pueden afirmar que el viaje sirvió para algo más que estrechar la mano de un cuestionado jefe de gobierno español en sus horas bajas y en su patética visión del mundo.

Porque el discurso de la presidenta mexicana sobresalió solamente en la última palabra de la última frase del documento, que leyó cuidadosamente. En nada.  Tal y como remató su estudiada intervención aludiendo a Juárez, cuando concluyó de esta manera: “…lo que diría el gran Benito Juárez: “Con el pueblo todo, sin el pueblo, nada”. Con los pueblos todo, sin los pueblos, nada”. 

Desde luego, fue un discurso estructurado para un fin político, socialista o comunista, pero, entonces, surge la pregunta. Cómo pretender ir al primer mundo a intentar tirar línea, a vender con palabras huecas y gastadas una retórica falsa, incongruente con la verdad, mientras en su país, el régimen que ella encabeza, diariamente toma decisiones ajenas a la democracia, a la libertad, a los derechos o a la igualdad, o cuando hay miles de personas desaparecidas de las estadísticas oficiales, o cuando la violencia imparable continúa matando personas en todo el territorio, o cuando disminuyeron presupuestos y aniquilaron el sistema de salud nacional, o cuando los programas sociales de becas y ayudas interminables se sustentan en deuda pública en billones de pesos, que crece de manera escandalosa y sin transparencia alguna.

Y cuando Sheinbaum habla en su discurso de reforestación y de sembrar vida, cómo es que puede haber tanto cinismo en ella, si la refinería Dos Bocas que no está funcionando al cien, acabó con una laguna y un inmenso manglar, o cuando la construcción del Tren Maya acabó con miles de hectáreas de selva en la península de Yucatán. O el propio programa Sembrando Vida, para cuyo ingreso al padrón, los campesinos deforestaron cientos de hectáreas boscosas en el sureste del país, como acusaron decenas de ambientalistas.

Claudia Sheinbaum engañó y durmió a su audiencia, pareció robot y ni siquiera pudo destacar en los medios de comunicación el fin de semana. Fue la ingeniera María Corina Machado, la Premio Nobel de La Paz, que promueve el retorno a la democracia en Venezuela, quien se llevó las palmas y la simpatía, el reconocimiento y el respaldo de miles de venezolanos que la aclamaron en la mítica Plaza del Sol en Madrid el mismo sábado. 

Lo único que Sheinbaum consiguió no fue para México. Porque el estandarte de López Obrador que la señora ondeó gustosa, no representa al país de los mexicanos, esa tela desgastada sólo es el ingrato reflejo del populismo y del autoritarismo que sufren y detestan. Ya basta de tantas simulaciones y mentiras del régimen cuatrotero.

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