La persona discreta y eficiente que fue Sara Ladrón de Guevara en cargos previos, se transformó en una gris rectora de la Universidad Veracruzana. Aquella Sara Ladrón de Guevara que atendía con diligencia los temas del Museo de Antropología de Xalapa, no pudo estar a tono con la modernidad del siglo XXI, ni tampoco con las auténticas necesidades de los alumnos y maestros de la máxima institución de educación superior de Veracruz.

Su rectorado, en la etapa inicial y en la gozosa reelección, olvidó las tareas fundamentales en la formación de profesionales de todas las carreras. En lugar de ello, privilegió todo aquello que asegurara su permanencia y el usufructo de los recursos presupuestales. Para afianzar la estancia de Sara en la Rectoría, se ha echado mano de todo tipo de politiquería posible. 

Con esa visión superficial de un rectorado, Sara pudo cruzar las dos últimas transiciones del gobierno del estado: inició el viaje bajo los erráticos vaivenes duartistas, cruzó los mares tempestuosos del yunismo y desplegó las velas ante las aguas tranquilas del periodo cuitlahuista.  Nadie podrá acusarla de que no sabe navegar bajo todo tipo de mares.

Pero una cosa es navegar, y otra muy diferente, llevar la nave a buen puerto. Y en este aspecto puede afirmarse que la nave viaja al garete, porque su esencia—arte, ciencia y luz— y sus objetivos programáticos en lo académico, en la docencia y en la preparación puntual de los jóvenes, han sido totalmente olvidados o, en el mejor de los casos, puestos en segundo plano.

Dos aspectos torales, ofrecidos en el discurso inaugural de su reinado en septiembre de 2013, no se han visto en su “robaleante” rectorado: Dónde está la evaluación institucional, la de los programas académicos, o cuando menos la del criticado Modelo Educativo Integral y Flexible (MEIF) que tanto perjudica a los alumnos (y quizá a los maestros), que deben ir y volver varias veces al día a las aulas, generando un incremento en los costos de traslado y daños a su precaria economía. 

Y dónde están los reconocimientos a alumnos o maestros (no a ella, como directiva), por parte de otras instituciones, dónde está el roce internacional de la UV, dónde está la difusión de los valores culturales, distintos a la música. Por ejemplo, cuántas obras edita la Universidad a sus propios valores veracruzanos. En otras latitudes se critica a una universidad como esta, que es proclive a publicar a extranjeros a veces sin suficiente mérito, “para quedar bien y hacer política personal”, discriminando a reconocidos autores de Veracruz.  

Cuántas veces Sara Ladrón ha callado en torno a los actos criminales contra alumnos y maestros, para no molestar a los gobernantes o funcionarios. Acaso hay alguna posición de la Rectora, que no sean solo los comentarios con las amigas y aplaudidores en la Loma de rectoría. La violencia contra las mujeres, debería motivarle otra marcha y algún pronunciamiento como dirigente de una institución autónoma y académica.

Pero hay otros claroscuros. Extraña sobremanera el tema financiero de la universidad. Duarte no pagó y por eso Sara hizo multitudinaria marcha con escandalosos tintes azules yunistas. No cobró y ha seguido llorosa con el tema. Pero ahora, desliza que la universidad podría cancelar el pago de las inscripciones, siempre y cuando el Gobierno Federal se lo restituya. Si ella cancelara ese pago, para quedar bien, dejaría la víbora chillando al rector siguiente. 

Pero esa decisión indicaría incongruencia, y que lo financiero no es tan claro como debiera, ni tan limitante, como se supondría. Recuérdese aquella propiedad de los doce millones de pesos, que pudo adquirir la rectora en etapa austera, aunque todavía no republicana.

Sara ha sabido posicionarse individualmente, más que mostrar eficacia y resultados a los universitarios y a la sociedad estatal. Su excelencia en el manejo de las relaciones públicas acaba de darle un providencial reconocimiento de la UNAM, institución que ni por asomo pensó en evaluar en las diversas facultades e institutos la pertinencia de ese premio.

Con las palabras de Díaz Mirón, los veracruzanos se preguntan dónde están los claros timbres de que se ufana Sara Ladrón de Guevara. Es mucho más lo que debe a la universidad, que lo que ella le ha dado en sus ya seis años de rectorado. 

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