Jesús Lezama

Hay momentos en la historia política de un país en que las palabras dejan de ser únicamente instrumentos de comunicación para convertirse en arquitectura del poder. A seis años de aquella reflexión publicada en esta sección denominada “El Muro de las Mentaciones”, de Palabras Claras, (AMLO MI LUCHA) el eje del debate nacional vuelve a girar en torno a la figura de Andrés Manuel López Obrador y la naturaleza discursiva de su proyecto político.

Entonces se planteaba una pregunta de fondo: si en medio de un cambio político, económico, tecnológico y cultural de gran intensidad, podía encontrarse coherencia suficiente en su gobierno como para ubicarlo en la categoría de estadista. La duda se justificaba, desde entonces, porque no es algo menor. Su trayectoria -del Partido Revolucionario Institucional al Partido de la Revolución Democrática y finalmente la fundación de Morena- evidenciaba no solo una evolución política, sino una constante reconstrucción narrativa de sí mismo.

Ese tránsito no fue únicamente institucional, sino simbólico. López Obrador erigió un lenguaje propio, reiterativo, emocional, binario. “Pueblo” y “poder” no eran palabras, sino polos de una tensión permanente. En esa lógica, el adversario no era circunstancial, sino estructural; no competía, sino estorbaba. La política, así concebida, dejó de ser espacio de negociación para transformarse en campo de confrontación moral.

En aquel análisis se advertía también una constante: la desconfianza. Hacia los adversarios, sí, pero también hacia aliados y, de forma más profunda, hacia la propia ciudadanía. La idea de un pueblo susceptible de distracción, necesitado de guía, reforzó un modelo comunicativo basado en la repetición y la simplificación. “No los voy a traicionar” no era solo una promesa; era un ancla emocional en medio de una narrativa de agravios.

Con esos elementos, se configuró una identidad política que encontró en el resentimiento histórico una fuente de energía. No como categoría psicológica, sino como motor de interpretación del país: un México que, desde esa visión, había negado oportunidades, concentrado privilegios y condenado trayectorias. De ahí emergió una retórica que no solo denunciaba desigualdades, sino que las convertía en línea divisoria entre “ellos” y “nosotros”.

Hoy, bajo la presidencia de Claudia Sheinbaum, ese legado discursivo no se disipa; muta. Convive, en tensión, con llamados a la paz en escenarios internacionales y con descalificaciones internas que reproducen la lógica binaria. La palabra pública sigue cargada de intención política, pero también de consecuencias sociales.

El episodio en la pirámide de La Luna, en la Zona Arqueológica de Teotihuacán irrumpe en este contexto como una escena límite. No por su excepcionalidad, sino por su crudeza. Julio César Jasso Ramírez, un joven de 27 años, convirtió el lenguaje en arma antes que el arma misma. Sus palabras -grabadas por una de las víctimas que sufrieron los hechos- no requieren interpretación:

“Levántate perra puta, tu estúpida. Levántate y corta eso, sino lo haces te disparo corta eso, corta ese puto plástico, tienes un puto minuto. Muévete cabrona, como si fueras a apoyar… Vete para alla estúpida, maldita extranjera…rápido córtalo todo…Y Vosotros, y mierda, que habéis venido desde la puta Europa, no vais a regresar, si os movéis os sacrifico. Esto se construyó para sacrificar, no para que vengáis a hacer la puta fotito de mierda. 

¿Lo veis? Cumplo mi palabra. Han muerto dos putos coreanos allá, los he sacrificado como a perros. Y tú deja de verme tanto. A la muerte no se le mira directamente, cabrón. 

Necesito a alguien.

Tú, lárgate, que me pones muy nervioso, estúpido. Lárgate y dile a esos cabrones que aquí tengo rehenes y como intente subir los voy a matar, rápido. dicelos ahora o voy por otros. Puto portugués de mierda.

Vosotros idiotas de allá. Tu, guarra ¿qué crees que no te veo? Levántate o te disparo. Y tú también estúpido”

No es solo violencia. Es deshumanización. Es la palabra convertida en acto previo, en justificación anticipada. En ese registro, el otro deja de ser persona para convertirse en objeto, en intruso, en enemigo.

Sería metodológicamente impreciso trazar una línea directa entre el discurso político y un acto individual de violencia. Pero tampoco puede ignorarse que las sociedades se moldean en buena medida por los lenguajes que las atraviesan. Cuando la conversación pública se estructura en términos de confrontación permanente, el riesgo no es únicamente político, sino cultural.

Hace seis años se advertía que la polarización podía convertirse en herramienta. Hoy, la pregunta es si también se ha convertido en atmósfera.

El contraste con figuras como Carlos Pellicer, referente intelectual temprano del exmandatario, resulta inevitable. Donde la poesía buscaba nombrar la complejidad del mundo, la política contemporánea parece empeñada en simplificarlo. Donde había matices, ahora hay bandos.

México transita así por una paradoja: mayor acceso a la información, pero también mayor fragmentación del sentido común. Más voces, pero menos escucha. Más discurso, pero menos diálogo.

En ese escenario, la responsabilidad del poder no radica únicamente en gobernar, sino en nombrar. Porque nombrar es delimitar lo posible. Y cuando el lenguaje se reduce a trincheras, el horizonte colectivo se estrecha.

La pregunta que permanece -la misma de hace seis años- no es solo sobre un hombre o un gobierno. Es sobre el país que se construye a partir de sus palabras.

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