Jesús Lezama
La discusión pública en torno a la conducta del diputado morenista Zenyazen Escobar trasciende al personaje. Reducir el debate a su biografía, sus antiguos oficios o las acusaciones que pesan sobre él implica ignorar una pregunta más profunda: ¿qué tipo de representantes está dispuesta a aceptar una sociedad democrática y cuál es la responsabilidad de los ciudadanos en la construcción de su clase política?
La ética no consiste en la perfección moral de las personas, sino en la capacidad de elegir responsablemente, sostiene Fernando Savater. Desde esa perspectiva, el problema no es el origen social o laboral de un político. La democracia se funda en la igualdad de dignidad de todos los ciudadanos. Lo relevante es si quien ejerce el poder comprende las obligaciones éticas que acompañan la representación pública. Gobernar no es un privilegio, sino una responsabilidad orientada al bien común.
La preocupación aparece cuando la trayectoria de un funcionario está marcada por la confrontación, la falta de rendición de cuentas o los reiterados señalamientos de corrupción. Entonces la discusión deja de ser biográfica para convertirse en institucional. La legitimidad democrática no puede descansar únicamente en la popularidad o la lealtad partidista; depende de la confianza pública, la transparencia y la capacidad de someterse al escrutinio ciudadano.
México vive inmerso en una cultura política donde la simplificación se ha vuelto una herramienta de poder. El populismo suele reducir la realidad a una narrativa elemental: el pueblo virtuoso contra las élites corruptas. El problema es que esa lógica erosiona los mecanismos críticos que permiten evaluar a quienes gobiernan. Cuando la propaganda sustituye a la deliberación, los boletines oficiales reemplazan al periodismo y la construcción mediática de liderazgos prevalece sobre los resultados, la democracia pierde la función de distinguir entre la imagen y la realidad.
Los medios pueden convertirse en fabricantes de mitologías políticas, advirtió Umberto Eco. La crítica es presentada como traición y la exigencia de cuentas como un ataque. El resultado es una ciudadanía menos informada y más vulnerable a la manipulación.
La legitimidad democrática surge de la deliberación racional en el espacio público, explicó Jürgen Habermas. Una democracia sana requiere ciudadanos capaces de contrastar evidencias, discutir argumentos y vigilar al poder. Cuando la conversación pública se degrada en consignas y polarización, la esfera pública pierde su capacidad correctiva.
Por eso, las exhortaciones a actuar con ética resultan insuficientes. La ética no se decreta ni se adquiere por pertenecer a un partido o ejercer un cargo. Se demuestra en la conducta cotidiana, en la congruencia entre discurso y acción, y en la disposición de rendir cuentas.
El verdadero problema no es un diputado ni siquiera un partido político. La cuestión central es el tipo de cultura política que una sociedad decide tolerar. Como enseñó Savater, la libertad implica responsabilidad. Como advirtió Eco, la renuncia al pensamiento crítico abre la puerta a la manipulación. Y como sostuvo Habermas, las instituciones democráticas dependen de ciudadanos activos que las defiendan.
Las democracias rara vez mueren de golpe. Se erosionan lentamente mediante la indiferencia, la resignación y la aceptación de estándares cada vez más bajos para quienes ejercen el poder. La verdadera advertencia no está en la conducta de un político en particular, sino en el momento en que una sociedad comienza a considerar normal aquello que debería resultarle inaceptable.







