Durante años, Morena construyó su identidad política sobre una promesa sencilla pero poderosa: ser diferente. No ser el PRI, no ser el PAN, no ser “los mismos de siempre”. La consigna se convirtió en dogma y el dogma en argumento. Sin embargo, en Veracruz la realidad parece empeñada en arruinar el eslogan.
En la plenitud de la era morenista la revolución de las conciencias terminó dependiendo de encuestas de Facebook.
Ahora la democracia no se mide en asambleas, trabajo territorial o construcción de liderazgo social. Hoy se contabiliza en reacciones, comentarios y votos virtuales impulsados desde grupos de WhatsApp. El pueblo organizado fue reemplazado por el algoritmo.
Y si alguien representa esta curiosa evolución de la transformación digital es Eleazar Guerrero Pérez, el ‘primisímo’ del impresentable exgobernador morenista de Veracruz Cuitláhuac Garcia.
Del territorio al teclado
Durante décadas, los partidos políticos movilizaron estructuras, construyeron cuadros y formaron liderazgos. Morena prometió acabar con esas prácticas y entregar el poder a las bases.
La solución encontrada parece mucho más eficiente: enviar enlaces por WhatsApp para que familiares, colaboradores y simpatizantes voten en ejercicios digitales sin validez estadística alguna.
La escena resulta casi poética.

Un movimiento que llegó al poder denunciando la simulación política ahora necesita simular popularidad para demostrar fuerza política. Un partido que criticó las cargadas ahora organiza cargadas virtuales. Un proyecto que prometió combatir el amiguismo termina confiando en los mismos círculos de siempre para impulsar candidaturas.
La diferencia es que ahora el acarreo viaja por internet.
La herencia como mérito revolucionario
El caso del cuestionado, en graves líos de corrupción cuando fue subsecretario de finanzas, Eleazar Guerrero también exhibe otro fenómeno interesante: la extraordinaria capacidad de ciertos apellidos para sobrevivir a cualquier transformación política.
Morena nació denunciando los privilegios de las élites y los grupos familiares que convertían los cargos públicos en patrimonio hereditario. Sin embargo, cuando llega el momento de repartir candidaturas, las genealogías políticas parecen conservar una sorprendente vigencia.
La herencia dejó de ser un problema cuando la herencia se volvió propia.
Así, el discurso de la renovación convive sin problema mayor con las viejas lógicas de grupo, mientras los militantes observan cómo las posiciones más codiciadas suelen gravitar alrededor de los mismos núcleos de poder.
La encuesta como acto de fe
Lo verdaderamente fascinante no es la existencia de estos ejercicios digitales. Lo fascinante es la importancia que algunos actores les atribuyen.
En teoría nadie cree que una encuesta de Facebook represente la voluntad popular, pero en la práctica todos la difunden.
Nadie reconoce su valor metodológico, pero todos celebran sus resultados cuando les favorecen.
Nadie las presenta como un mecanismo serio de selección, pero terminan utilizándose para construir narrativas de inevitabilidad política.
La encuesta deja entonces de ser una medición para convertirse en propaganda. Y la propaganda se convierte en argumento.
El problema no es Eleazar
Sería cómodo reducir la discusión a un solo personaje. Sin embargo, el verdadero problema es más amplio. Eleazar Guerrero es apenas un síntoma.
La enfermedad es la creciente distancia entre lo que Morena dice ser y lo que sus operadores hacen para conservar espacios de poder.
Cuando un movimiento que prometió poner al pueblo en el centro termina depositando su confianza en cadenas de WhatsApp, encuestas digitales y campañas de posicionamiento artificial, la ciudadanía reflexiona dónde quedó aquella promesa de transformación.
Si la legitimidad depende de quién consigue más clics o likes entre amigos, familiares y colaboradores, entonces la cuarta transformación no derrotó a la vieja política sólo la actualizó a la versión digital.







