En Xalapa, la creatividad fue sustituida por algoritmo. No es metáfora: es política pública. La presentación de la nueva imagen turística del ayuntamiento llegó envuelta en colores brillantes, personajes animados y una promesa de identidad que, al rascarle, se disuelve en pixeles genéricos.
El repudio y burla social no sólo exhibe un recorte presupuestal; revela que la cultura institucional confunde ahorro con vacío.
El área de turismo, encargada a Eduardo Blanco, optó por no invertir en el talento local. En una ciudad que históricamente ha capitalizado su prestigio artístico, la decisión de prescindir de diseñadores y artistas profesionales no parece una omisión, sino una declaración. Bajo el pretexto de austeridad, el ayuntamiento eligió personajes generados por inteligencia artificial que pretenden encarnar lo que no se quiso pagar.
El discurso de la alcaldesa Daniela Griego -identidad, cultura, historia- se desplegó como un significante sin anclaje. Se enuncia “Xalapa” mientras se borra a sus creadores. Se invoca lo local, pero se produce desde lo automatizado. La contradicción no es estructural. El signo “imagen turística” no refiere a la ciudad, sino a su representación más barata.
La pobreza del diseño refleja el consumo cultural de quienes gobiernan. No se trata sólo de estética, sino de criterio. De lo que se elige ver y, sobre todo, de lo que se decide ignorar.

Pero hay una grave contradicción y posible ilegalidad. Desde el gobierno de Claudia Sheinbaum se impulsa que las obras generadas por inteligencia artificial no sean reconocidas como arte, ¿por qué en Xalapa se adoptan como emblema institucional?
En lugar de convocar al talento local -abrir concursos, disputar ideas, construir identidad desde la pluralidad-, la administración municipal optó por la vía rápida: cuatro personajes (Juanote, Lucy, Macuil y Chito) que sintetizan, o intentan hacerlo, las “fortalezas” de la ciudad. Identidad prefabricada, cultura empaquetada, historia convertida en caricatura.
Xalapa, cuna de artistas, ahora exporta avatares. La capital cultural que decide representarse con inteligencia artificial termina, en rigor, artificializando su propia cultura.
No es sólo un problema de diseño. Es un síntoma. Cuando una ciudad deja de invertir en quienes la imaginan, también deja de imaginarse a sí misma. Y entonces, lo que queda no es presencia, sino huella: un rastro difuso de lo que alguna vez fue identidad.







