Antulio Ficachi
En México, cuando no queda ventanilla disponible, siempre existe una oficina internacional dispuesta a recibir papeles. Por eso en el PAN tomaron rumbo a La Haya con una denuncia contra Andrés Manuel López Obrador por presuntos delitos de lesa humanidad.
La carpeta incluye números que desde hace años aparecen en informes, conferencias, debates y campañas: más de 200 mil homicidios y más de 150 mil desaparecidos. Todo acompañado por aquella frase que sobrevivió al sexenio, a las estadísticas y a la realidad: “abrazos, no balazos”.
La discusión jurídica apenas comienza. Lo que no comienza ni termina es la búsqueda de quienes siguen ausentes. Y cuando los abogados preparan argumentos y los partidos calculan rendimientos políticos, las madres buscadoras continúan recorriendo cerros, brechas y fosas.
Bonita paradoja: el Estado produce registros; los colectivos producen hallazgos.
Y ahí está el problema. Una denuncia internacional puede cruzar océanos, pero una persona desaparecida sigue necesitando algo mucho más sencillo y mucho más difícil: ser encontrada.
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El escritor Emiliano Monge recordó una de las especialidades nacionales menos presumibles. Desaparecer personas ya constituye una tragedia. Desaparecerlas otra vez dentro de los archivos parece haberse convertido en procedimiento administrativo.
Primero opera el crimen, después aparecen las inconsistencias, las duplicidades, los registros incompletos y las bases de datos que dialogan menos que los partidos políticos en periodo electoral.
Entre cifras oficiales, correcciones metodológicas y actualizaciones permanentes, miles de familias siguen preguntando lo de siempre: dónde están.
Entretanto, la política mexicana amplía su catálogo de exportaciones. Antes enviaba embajadores, ahora manda denuncias internacionales.
Los desaparecidos, en cambio, continúan esperando respuestas que no caben en un comunicado ni alcanzan para una conferencia bananera.
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Dicen que en política la forma es fondo. En Xalapa, durante la visita de la presidenta Claudia Sheinbaum, el fondo terminó quedándose abajo del presidium.
Según las versiones que circularon entre asistentes y organizadores, la alcaldesa Daniela Griego llegó convencida de que su lugar estaba reservado en la parte principal del evento. Pero la sorpresa fue mayor cuando descubrió que, para efectos del protocolo presidencial, su investidura municipal no tenía boleto para subir al templete y la dejaron, como dirían en las oficinas públicas, detrás de la línea de acceso.
Al parecer, la llave de la señora Griego no abre todas las puertas. Ni siquiera algunas que se encuentran dentro de su propio ámbito político.
Cuentan los presentes que la alcaldesa recordó su calidad de primera autoridad del municipio y buscó hacer valer el cargo. Sin embargo, la logística tenía otros datos. En ese momento, más de uno imaginó a la edil invocando la frase con la que aparecía el Chapulín Colorado: “¡Oh! Y ahora ¿quién podrá defenderme?”.
Al final, la disputa por unos metros de tarima terminó robándose parte de la atención que originalmente correspondía al acto presidencial.
Eso sí, donde no hubo sobresaltos fue entre el público. Ni aplausos constantes, ni euforia desbordada, ni entusiasmo contagioso. Los llamados “llena sillas” cumplieron con la asistencia, aunque no necesariamente con la emoción.
Y es que, al final del día, el acarreo se resuelve con logística, pero llenar convicciones sigue siendo un desafío complejo.
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Y hablando de libertades, el festejo del Día de la Libertad de Expresión en Xalapa dejó una estampa difícil de superar.
Jenaro Villamil tomó la palabra para hablar sobre soberanía nacional, la CIA y Manuel Buendía, en un evento organizado por un grupo de periodistas de Veracruz. Sin embargo, desde el público emergió una intervención más breve y bastante más sonora.
“¡Fuera!”, se escuchó.
Lo interesante vino después.
Algunos asistentes parecieron más preocupados por proteger al orador que por defender el principio que oficialmente convocaba la ceremonia.
Así, un acto dedicado a la libertad de expresión terminó convertido en una discusión sobre quién puede expresarse, quién debe escuchar y quién tiene derecho a incomodarse.
Nada más apropiado para un 7 de junio. La libertad de expresión tiene esas costumbres extrañas. Cuando funciona, alguien habla; cuando funciona mejor, alguien responde, y, cuando funciona por completo, alguien termina molesto.
En Veracruz ocurrieron las tres cosas al mismo tiempo.
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Veracruz despidió ayer a Raymundo Enrique Flores Bernal.
En una época donde abundan los políticos que publican más de lo que leen y opinan más de lo que estudian, se marcha un personaje formado entre la función pública, la academia y la promoción cultural.
Originario de Platón Sánchez, diputado federal, funcionario y promotor de iniciativas culturales, perteneció a una generación que entendía la conversación como parte del ejercicio político y la memoria como herramienta de gobierno.
Su ausencia deja un espacio visible en tiempos donde son necesarios los debates de altura.
Descanse en paz.








