La gobernadora de Veracruz, Rocío Nahle, ha perfeccionado un recurso político que en la práctica sustituye al argumento: la victimización sistemática. Cada vez que surgen señalamientos de corrupción o posibles irregularidades en su gestión, la respuesta no es la aclaración puntual, sino la reconfiguración del relato. La crítica se convierte en ataque; la evidencia, en calumnia; y la rendición de cuentas, en conspiración.
“No uso zapatos caros”, dice, como si el debate público girara en torno al precio del calzado y no a la integridad en el ejercicio del poder. La frase es un desplazamiento deliberado del eje de discusión. Se trata de sustituir el significado incómodo (corrupción, opacidad, legalidad) por un significante más manejable (austeridad personal, ataques injustos).
El patrón es consistente. Ante cuestionamientos sobre decisiones, contratos o proyectos, la narrativa oficial no entra al fondo: señala a “la derecha” como un bloque homogéneo que opera -según ella- para desacreditar a Morena. Así, el señalamiento deja de ser un acto de fiscalización para convertirse en una agresión política. El poder se protege reescribiendo el conflicto.
La Refinería de Dos Bocas es un caso ilustrativo. Las críticas técnicas, financieras y ambientales fueron reinterpretadas como ataques “discriminados” contra una obra estratégica. Para Rocío Nahle, cuestionar era intentar sabotear y con ello cree la exsecretaria de energía que se elimina la posibilidad de escrutinio legítimo.
Lo mismo ocurre con otros proyectos insignia, como el Tren Maya, donde cualquier observación crítica se inserta en la narrativa de oposición destructiva. De esa manera los gobiernos morenistas se validan a sí mismos y descalifican cualquier voz externa como parte de una ofensiva.
Pero este mecanismo no es accidental. Es una estrategia de control del significado. Al monopolizar la interpretación de los hechos, el poder no necesita refutar acusaciones, le basta con redefinirlas. La corrupción deja de ser un problema verificable y se convierte en un término politizado, maleable, útil para movilizar simpatías y neutralizar cuestionamientos.
Cuando la victimización se vuelve reflejo automático, la rendición de cuentas se diluye. Si toda crítica es un ataque, ninguna merece respuesta. Si todo señalamiento es calumnia, ninguna investigación es necesaria.
En ese contexto, los zapatos -caros o no- cumplen su función: distraer. Son el símbolo perfecto de una narrativa que privilegia la percepción sobre la sustancia. Mientras se discute la supuesta agresión, el fondo del asunto queda intacto, fuera de foco.
La constante en el discurso de Rocío Nahle no es la defensa, sino la inversión del conflicto donde el poder se presenta como agraviado. Y en esa inversión, la responsabilidad se evapora.
No es una reacción aislada, es un método. Y como todo método eficaz, no busca convencer con hechos, sino dominar el lenguaje donde esos hechos deberían discutirse.








