En Veracruz, las cosas de la política morenista suelen navegar entre el espectáculo y el naufragio moral, el diputado federal Zenyazen Escobar García apareció este domingo convertido -según su propia versión- en una especie de guardavidas accidental del jet set náutico jarocho. Dice que el yate incendiado en El Estero no era suyo. Que él solamente “iba pasando” en una moto acuática con su hija cuando escuchó una explosión y decidió acercarse a ayudar. Una casualidad marítima tan perfecta que parece escrita por un productor de telenovelas de bajo presupuesto.

El video comunicado difundido por el legislador intenta desmontar la narrativa que desde redes sociales y algunos medios lo vinculan con la embarcación siniestrada. Pero como en política, el significado nunca está fijo, cada negación carga dentro de sí la sombra de aquello que pretende borrar. Mientras más insiste un político en decir “no era mío”, más inevitable se vuelve la pregunta que flota sobre el agua: entonces, ¿de quién era?

La escena parece salida de una sátira tropical del poder veracruzano. Un diputado federal recorriendo los canales exclusivos de El Dorado en moto acuática; una explosión repentina; jóvenes lesionadas; llamadas inmediatas a la gobernadora Rocío Nahle García; ambulancias movilizadas; subsecretarios atentos; estructuras gubernamentales activadas con velocidad de Fórmula 1. Todo para atender un accidente náutico que, oficialmente, no tenía nada que ver con el legislador.

Ahí está el verdadero núcleo de la historia; no el incendio, sino el privilegio. En un estado, donde miles esperan horas por una ambulancia o meses por atención médica, resulta revelador observar cómo el aparato estatal responde de inmediato cuando el accidente ocurre cerca de personajes del poder. La narrativa oficial pretende presentarse como neutral y transparente, cuando en realidad exhibe jerarquías ocultas, relaciones de poder y privilegios cuidadosamente maquillados.

Zenyazen afirma que únicamente acudió a rescatar a cuatro personas que habían caído al agua, entre ellas una joven con fractura expuesta. Y si así ocurrió, el gesto humano merece reconocerse. Pero el exsecretario cuitlahuista también arrastra un historial político donde las explicaciones suelen llegar demasiado rápido y las responsabilidades demasiado tarde. Ahí siguen, sin disiparse del todo, los señalamientos sobre presunta venta de plazas magisteriales, tráfico de influencias y corrupción durante su paso por la Secretaría de Educación de Veracruz. Es la vieja costumbre del poder de intentar desprenderse del contexto, como si la memoria pública pudiera hundirse igual de fácil que un yate en llamas.

El diputado también pidió investigar las causas de la explosión y recordó que las autoridades marítimas poseen registros para identificar al propietario de la embarcación. Correcto, entonces la solución es sencilla; que aparezcan los registros, los permisos, las bitácoras y los nombres. Porque gran parte de los funcionarios ‘transformadores’ han enseñado que el verdadero incendio nunca ocurre en el agua, sino en la credibilidad pública.

La opinión pública contempla otra postal del morenismo tropical. Funcionarios que dicen pasar curiosamente por escenarios de lujo donde siempre terminan apareciendo como protagonistas involuntarios. Casi mártires del azar, casi héroes acuáticos, casi turistas del poder.

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