En política, la pureza suele anunciarse con la misma insistencia con la que se desmiente en la práctica. La nueva dirigente nacional de Morena, Ariadna Montiel, inauguró su liderazgo con una sentencia que suena más a consigna que a diagnóstico: “los corruptos no tienen cabida”. Dicho así, sin matices, como si el lenguaje pudiera borrar la historia.
En su toma de protesta -tras relevar a Luisa María Alcalde-, Montiel convocó a la militancia a denunciar irregularidades y a expulsar prácticas indebidas desde dentro del propio gobierno. La frase es impecable en su forma, pero problemática en su fondo: presupone que la corrupción es una anomalía individual y no una lógica que atraviesa estructuras, incentivos y silencios compartidos.
Si el discurso político se construye sobre oposiciones binarias (honestos/corruptos, pueblo/élite, nosotros/ellos), la afirmación de Montiel no elimina la corrupción, la necesita como su otro constitutivo. Morena se define como incorruptible en tanto reconoce, implícitamente, la posibilidad permanente de la corrupción en su interior. La pureza, entonces, no es un estado; es una narrativa que se sostiene en tensión.
La dirigente fue más allá. Aseguró que en 2027 no serán candidatos quienes estén señalados por actos corruptos, incluso si ganan encuestas. El criterio parece firme, pero abre una grieta semántica: ¿qué significa “señalado”? ¿Quién valida esa señalización? ¿La ética se medirá en tribunales, encuestas o percepciones mediáticas? En un país donde la acusación pública puede ser tanto herramienta de justicia como arma política, la línea es, por decir lo menos, difusa.
Montiel también apeló a su experiencia operativa -decenas de miles de colaboradores y millones de beneficiarios de programas sociales- para legitimar su cercanía con “la base”. El argumento refuerza la idea de que la autoridad moral proviene del territorio. Sin embargo, la gestión masiva de recursos públicos no es, por sí misma, garantía de integridad; es, en todo caso, un campo fértil para la vigilancia o para la simulación.
Montiel se completó con un llamado a la unidad frente a una supuesta “ofensiva permanente” de medios y actores extranjeros. Viejo recurso. Ante la crítica, cerrar filas. Pero esta estrategia revela otra dependencia; el enemigo externo como cemento identitario. Sin adversario, el discurso pierde cohesión; con él, cualquier cuestionamiento interno puede etiquetarse como traición.
Así, Morena inaugura una nueva etapa proclamando su intolerancia a la corrupción mientras se apoya en categorías que, al analizarse, muestran su inestabilidad. No es un fenómeno nuevo, pero sí reiterativo. La política que promete limpiar, lo hace desde estructuras que no ha demostrado poder transformar.
La pregunta no es si hay corruptos que expulsar, sino si el sistema político de Morena está dispuesto a desmontar las condiciones que los producen. Todo lo demás, por más contundente que suene, es retórica en estado puro.







