Antulio Ficachi
Palabras Claras presenta Entrepalabras, un espacio de análisis político, ironía y crítica pública. Para leer entre líneas, entender el fondo del poder y observar -con rigor, sátira y sentido periodístico- los excesos, contradicciones y paradojas de la vida política nacional y estatal.
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Entre tanta arenga patriotera, en Palacio Nacional la palabra “soberanía” se convirtió en una estampita electoral: la sacan, la agitan y esperan milagros. El detalle es que la realidad no coopera.
Quien les metió un poco de derecho constitucional al debate fue el jurista Miguel Carbonell, al recordar que no hay nada soberano en un país donde el crimen organizado cobra piso, controla carreteras y decide candidaturas. Pero claro, eso no cabe en el libreto guinda, donde la soberanía consiste en pelearse con Washington mientras el país se incendia por dentro.
Carbonell soltó además que la verdadera soberanía se construye con educación, salud, empleo y seguridad. Es decir, exactamente lo que no aparece en las mañaneras, pero sí en los pendientes nacionales.
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Y mientras en Palacio defienden la patria con discursos kilométricos, la presidenta Claudia Sheinbaum descubrió que hay soberanías más peligrosas que las extranjeras: las de un estadio lleno.
Cuentan que no le entusiasma demasiado aparecer en el Estado Azteca para el arranque del Mundial 2026. ¿La razón? En redes ya promueven sustituir el clásico grito futbolero ¡Eeeehh… uto! por un sonoro “¡Eeeehhh… fuera MORENA!”.
Una cosa es controlar el Congreso y otra muy distinta más de 80 mil gargantas sincronizadas.
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Por fin se entendió que el problema no era el origen zacatecano de la gobernadora Rocío Nahle, sino la fauna política que decidió llevar a su gabinete. Y es que una cosa es gobernar entre tiburones y otra hacerlo rodeada de “roedores” que parecen empeñados en dinamitar la administración desde adentro.
Y es que cuando la señora Nahle vende estabilidad e inversión, en los hospitales siguen apareciendo medicamentos caducos, inseguridad, violencia y los escándalos brotan por entregas. El gobierno estatal cada semana trae nueva crisis, nuevo culpable, pero el mismo cinismo.
Por cierto, cuentan en los pasillos que la gobernadora ya no sabe cómo quitarse de encima a la contralora Bárbara Galindo, personaje del que “ya ni le hablen”. Así que alguien está peligrosamente cerca de probar las mieles del desempleo burocrático.
Dicen también que el carácter de la mandataria anda tan irritable que si pregunta la hora y algún colaborador responde una distinta a la de su reloj podría terminar ajustando no la agenda, sino el currículum.
Y como nunca falta el enemigo favorito para distraer la conversación pública, ahora la Fiscalía General del Estado de Veracruz tendría la encomienda de investigar si el crítico del régimen Arturo Castagné milita o no en el PAN. Sin embargo, los veracruzanos siguen esperando investigaciones sobre violencia, corrupción y desabasto. Pero al parecer, en Palacio las prioridades traen otra hora.
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En el ayuntamiento xalapeño ya entendieron que la “transformación” viene en combo: alcaldesa, síndico y fotógrafo oficial. Aunque en el organigrama aparezca Daniela Griego al frente, empleados municipales juran que quien trae el volante -y el freno de mano- es el síndico Marco Aurelio Martínez Sánchez.
Dicen que la dupla no se despega ni para el café y que en cada festival, verbena o corte de listón la orden es que si hay cámara, salen los dos; si hay aplausos, cobran los dos.
Por eso en Palacio Municipal ya hablan del “gobierno espejo”: donde aparece Daniela, se refleja Marco Aurelio. Todo para alimentar las “súper redes” oficiales, donde influencers de nómina convierten cualquier inauguración de jardinera en epopeya revolucionaria.
Xalapa sigue avanzando, pero más lento que desfile de tortugas reumáticas.
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El que decidió aplicar aquello de “aquí corrió, que aquí murió” fue el diputado Sergio Mayer, quien optó por abandonar Morena antes de quedar atrapado en el lodazal de escándalos que rodea al partido guinda. El actor, productor y eterno personaje televisivo entendió que una cosa es defender la transformación y otra cargar con el costo político de un movimiento cada vez más señalado y cuestionado.
Durante años, Mayer fue adulador disciplinado del régimen, defensor entusiasta del obradorismo y fiel soldado mediático de Morena. Pero cuando el ambiente empezó a oler más a crisis que a popularidad, el exgaribaldi descubrió, de pronto, las virtudes de la “independencia política”.
Aunque eso de independiente tiene su toque de comedia, porque Sergio Mayer siempre ha dependido de algo: del reflector, de la cámara o del escándalo. Lo suyo nunca fue la doctrina ni la militancia; lo suyo es el show. Y justamente por eso fue que deslumbró a más de uno en Morena.
El esposo de Isabela Camil simplemente hizo lo que mejor sabe hacer, detectar dónde sigue encendida la luz y correr hacia ella antes de que empiece la función de los expedientes incómodos, las filtraciones y los costos electorales.








