Antulio Ficachi

Hay algo que buena parte de los gobiernos de Morena parecen no terminar de comprender: en el ejercicio moderno del poder, la percepción forma parte de la realidad. La escenografía importa. La atmósfera importa. La imagen importa. Para algunos estrategas gubernamentales, incluso, la fotografía del evento vale más que el evento mismo.

La propaganda eficaz rara vez se presenta como propaganda. No llega uniformada ni repartiendo consignas. Se disfraza de sentido común. Su mayor virtud consiste en lograr que una idea parezca una conclusión propia cuando en realidad fue sembrada con precisión desde una oficina de comunicación social.

Sin embargo, para muchos morenistas el método sigue siendo rudimentario. Todavía creen que la influencia se construye con boletines, desayunos de cortesía, croquetas presupuestales y palmadas institucionales en la espalda. Confunden comunicación con obediencia. Suponen que el colaborador ideal es quien replica la versión oficial sin mover una ceja, cuando el verdadero éxito propagandístico consiste en que alguien defienda una narrativa convencido de que llegó a ella después de una reflexión personal.

Quizá por eso destinan tantos recursos a moldear percepciones y tan pocos a corregir hechos. Resolver un problema exige capacidad de gobierno. Diseñar una campaña requiere presupuesto, un equipo creativo y algunos drones para las tomas aéreas.

No es casualidad que, en tiempos de vértigo informativo, el periodista español Manuel Vicent haya puesto el dedo durante la entrega de los Premios Ortega y Gasset 2026. Dijo algo que debería estar grabado a la entrada de cada redacción como una sentencia, pero también en más de una oficina pública:

El éxito de un periodista no consiste en ser leído, sino en ser creído“.

La credibilidad se ha convertido en la especie más escasa de la vida pública. Sobran conferencias, transmisiones en vivo, influencers institucionales, encuestas milagrosas y expertos de ocasión.

Lo que falta es confianza.

***

Y mientras Vicent hablaba de credibilidad, en Veracruz la realidad seguía empeñada en sabotear el discurso oficial.

El senador Manuel Huerta Ladrón de Guevara decidió abrir un expediente: el de la Comisión Estatal de Atención y Protección a Periodistas (CEAPP).

La conclusión fue tan breve como demoledora.

Según el morenista, la Comisión necesita una revisión de fondo porque, en las condiciones actuales, “no sirve de nada”.

Pocas veces una auditoría institucional ha cabido en cuatro palabras.

La frase tiene el mérito de la claridad. En la política mexicana las instituciones nunca fracasan. Jamás. Lo que ocurre es que atraviesan procesos permanentes de fortalecimiento, reestructuración, consolidación, transformación y modernización que suelen durar más que los sexenios.

El asesinato de un comunicador en Poza Rica y la desaparición de la periodista Roxana Guzmán -cuyo caso terminó en manos de la FGR- volvieron a colocar sobre la mesa una pregunta:

¿Quién protege realmente a quienes ejercen el periodismo?

La respuesta institucional sigue en construcción.

Y, como ocurre con muchas obras públicas, nadie sabe exactamente cuándo será inaugurada.

***

Por si faltaran elementos para la discusión, apareció otro episodio digno de atención.

El periodista Edgar Hernández denunció en redes sociales y ante la Fiscalía de Veracruz el robo en su casa habitación de documentación, equipo de cómputo, pertenencias familiares y diversos reconocimientos obtenidos durante su trayectoria profesional.

Sí, también desaparecieron los premios.

En un país donde los reconocimientos periodísticos suelen acumular más polvo que presupuesto, alguien decidió llevárselos.

Quizá se trata de los ladrones culturalmente más sofisticados de Veracruz. O quizá entendieron algo que ciertos funcionarios todavía no comprenden: que algunos documentos pueden valer más que muchos rollos.

¿De que trata esta tetra?

***

Desde Palacio de Gobierno la gobernadora Rocío Nahle salió a responder las versiones que la vinculan con presuntas investigaciones en Estados Unidos.

La mandataria aseguró que no tiene nada que temer, que las acusaciones son falsas y que continúa trabajando con tranquilidad.

La política es una fábrica permanente de rumores, filtraciones, desmentidos, aclaraciones, rectificaciones y nuevas aclaraciones sobre las aclaraciones anteriores. El ciudadano promedio necesita un traductor para distinguir entre una investigación formal, una operación política y una cadena de WhatsApp, sin contar lo que tergiversan los escribidores oficiales de redes sociales.

Pero más allá de los rumores, existe un asunto mucho más relevante: la confianza pública.

En política no basta con afirmar que no existe un problema. También hay que convencer a una ciudadanía cada vez más desconfiada de que efectivamente no existe. La confianza no se decreta, no aparece en el Diario Oficial, no se aprueba por mayoría simple. Se construye con hechos.

¡¡¡Upppsss!!! Las cosas cuando hablan, como dicen cosas.

***

Pero el asunto adquiere otra dimensión cuando desde Washington comienzan a multiplicarse los mensajes relacionados con funcionarios mexicanos presuntamente vinculados con estructuras criminales.

Sara Carter, directora de la Oficina de Política Nacional de Control de Drogas de Estados Unidos, confirmó que la administración de Donald Trump mantiene bajo observación a servidores públicos de Morena señalados por posibles nexos con organizaciones del narcotráfico.

El lenguaje diplomático contemporáneo debería interpretarse como: alguien está mirando e investigando.

La relación bilateral se ha convertido en una mezcla de cooperación, inteligencia, extradiciones, intercambio de información y advertencias públicas.

Nada fortalece más la confianza entre aliados que enterarse por televisión de que existen listas, expedientes y observaciones en curso.

En México algunos gobiernos trabajan para administrar percepciones y en Estados Unidos anuncian investigaciones para administrar presiones. Cada quien juega su partida, mueve sus piezas.

Y en medio del tablero, los ciudadanos intentan distinguir qué parte corresponde a los hechos y cuál pertenece a la escenografía.

La realidad no asiste a las reuniones de estrategia y tarde o temprano termina irrumpiendo en el escenario, apagando los reflectores y recordando que ningún aparato de propaganda, por sofisticado que sea, ha logrado todavía derrotar a los hechos.

No hay nada nuevo bajo el Sol…ni nada viejo.

Publicidad