Omar Piña
Fue allá por las épocas de don Porfirio. Ocurrió que la visita y permanencia de dos escritoras españolas evidenció los prejuicios y terrores con los que valoraba la participación de la mujer en terrenos intelectuales y artísticos. Fue un tiempo en que las mentalidades de la época idealizaban que el lugar y destino de las mujeres “acomodadas” era su dedicación a la familia y los hijos. Si alguna de ellas perseguía intereses que se extralimitaban de la esfera hogareña, esa actividad debía ser vista como un pasatiempo.
Investigaciones históricas como las de Leticia Romero Chumacero permiten advertir las tensiones generadas entre los escritores porfirianos cuando tuvieron que reseñar actividades realizadas por las españolas Concepción Gimeno o María Elena Serrano. Estas escritoras visitaron México hacia finales del siglo XIX: fueron bien recibidas en los círculos literarios, se integraron a los circuitos artísticos y enfrentaron la roñería masculina de sus pares. Las plumas de los literatos nacionales desestimaron los alcances artísticos y estilísticos de sus obras mediante la veladura retórica que alababa la belleza física o las características de sus vestimentas.
María Elena Serrano y Concepción Gimeno poseían trayectoria literaria europea. La aureola de obra publicada y la pertenencia a los círculos intelectuales de España y Francia son credenciales que esgrimen en México. Sus respectivas estancias provocaron revuelo entre lo granado de la sociedad. En 1882, la recepción de Serrano en Orizaba, por ejemplo, congregó al gobernador de Veracruz, a diputados, selectos invitados y contertulios de postín. La andaluza Emilia Serrano García, también conocida y leída como Baronesa de Wilson, tenía más de veinte títulos publicados y traducidos, además había fundado y dirigido medios impresos.
Por supuesto que la presencia de figuras como la baronesa de Wilson convocó a las agrupaciones femeninas de escritoras locales y regionales. Para las mujeres escritoras mexicanas aquellas presencias eran significativas porque les evidenciaban un alto contraste: con respecto a la literatura, las nacionales eran consideradas como aficionadas; las europeas que incluso monetizaban su trabajo recibieron un trato agridulce. En los actos literarios sonaron los aplausos, pero en las crónicas periodísticas los “señores” las tundieron con la afilada punta de sus plumas.
La aragonesa Concepción Gimeno recibió elogios que la describieron como una mujer con grande ilustración, delicada hermosura y encanto femenino. Pero sus letras no merecieron comentarios. La maledicencia no se hizo esperar y la prensa conservadora atacó con un elenco de adjetivos que las situaban como embusteras, astutas, feministas, masonas, exhibicionistas e inmorales y, en definitiva, escritoras por pasatiempo.
Gimeno advirtió la situación y escribió que tendría que llegar “el día en que la mujer mexicana prescinda de su exagerada modestia”. La aragonesa reviró las críticas que consideraba como injustas e intransigentes, escribió y publicó que en México había una fauna de poetastros, necios y filósofos de dieciocho años.
Aquellas situaciones demuestran el dominio masculino en las actividades y espacios sociales del México decimonónico. Pero también expresan que para entonces hay una clase media femenina que intenta colocarse en lugares donde se podían colocar acciones intelectuales.
Referencias:
Academia Mexicana de la Historia (2025), “Dos escritoras españolas, brisa y vendaval europeo”, 6 de noviembre, https://www.youtube.com/watch?v=DlfF3F2dupE&t=3004s , consultado el 21 de noviembre de 2025 (video).








