Por Omar Piña
[Talento y disciplina de Nathaniel Morris, Itzel Olivo, Thom Roth, Aníbal Santiago y Benjamín T. Smith]
Durante el amanecer del 28 de enero de 1970, un comando armado del ejército mexicano rodeó la comunidad totonaca de Monte de Chila, asentada en la Sierra Norte de Puebla. Tras un tiroteo de aproximadamente 5 horas, masacraron a sus pobladores. El hecho se hizo leyenda y cuentan que, incluidos mujeres y niños, la matanza alcanzó a unas 300 personas. Dicen que los soldados permanecieron allí durante unos tres meses, que los cuerpos de las víctimas quedaron expuestos y fueron animales salvajes los que devoraron los restos humanos.
En ese México setentero, el suceso apenas fue mencionado en dos o tres líneas periodísticas. Los pobladores y vecinos aseguran que el sitio y sus alrededores quedaron embrujados, para siempre. Que en las inmediaciones había osamentas desperdigadas por los animales salvajes. Que los peones de los ganaderos reunieron los huesos esparcidos para que un sacerdote acudiera a celebrar una misa en aquellos campos, a fin de que los espíritus de los muertos no hicieran daño a sus animales.
Hay dos versiones para explicar el motivo de la inmolación. La oficial sostiene que las fuerzas armadas enfrentaron a un grupo de presos fugados de la cárcel regional de Xicotepec. Los prófugos buscaron refugio en Monte de Chila. En el operativo intervinieron unos 320 efectivos; se emplearon 40 camiones militares, fusiles y ametralladoras fijas. El saldo reportado en los documentos oficiales es de 20 muertos.
La otra versión es la campesina y explica que “los ganaderos habían pagado a los soldados para que echaran a los ocupantes ilegales de sus tierras” (Morris, et al, 2025:237). Para esas fechas, los grupos poblacionales que pueden distinguirse en Monte de Chila eran: rancheros, arrieros de la sierra y jornaleros totonacas. Pero hay que distinguir que de los jornaleros totonacos había: los “sin tierra”, reconocidos como invasores; los bandidos “sociales” que robaban a los arrieros que cruzaban la zona y repartían los botines entre los menos favorecidos, y los disidentes vinculados a la Central Campesina Independiente, una organización de izquierda que enfrentaba a los rancheros propietarios. La tensión social estaba a punto de estallar en una región donde prácticamente todos eran propietarios de armas de fuego.
El pleito era rancio. Entre 1947 y 1966 tres familias de mestizos rurales habían acaparado unas 560 hectáreas que dedicaron a la cría de ganado. En 1955, los jornaleros totonacos invadieron tierras de Monte de Chila, que pertenecían a los rancheros ganaderos. Comenzaron el cultivo de maíz, frijoles, chiles y jitomate. Bastaron 15 años para que el asentamiento de los paracaidistas se convirtiera en un pueblo dotado de iglesia y escuela, pero ante las autoridades federales, el reconocimiento ejidal no procedía.
La masacre en Monte de Chila ocurrió a finales de enero de 1970. ¿Fuga de reos de una cárcel regional? ¿Ajuste de cuentas dado que los “bandidos sociales” habían robado 12 mil pesos a un arriero? ¿Fuerzas políticas a favor de los rancheros? Hay un detalle extra. Para 1972, los sobrevivientes de Monte de Chila cambiaron su filiación política; de la radical Central Campesina Independiente pasaron a la gobernista Unión General de Obreros y Campesinos de México. Tres años después, en 1975 “recibieron una parcela ejidal en las remotas selvas de Campeche, cerca de la frontera de Guatemala” (Morris, et al, 2025:245).
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Para mascar a fondo:
Morris, N., Olivo Vázquez, I. A., Roth, T., Santiago, A. y Smith, B. (2025), “Monte de Chila y las masacres olvidadas de México”, Historia Mexicana, 76 (1), 217-262.







