En tiempos de ruido y vértigo informativo, el periodista español Manuel Vicent puso el acento donde más duele: el éxito no se mide por lectores, sino por confianza. Durante la ceremonia de los Premios Ortega y Gasset de Periodismo, el columnista de El País defendió una premisa incómoda para la industria: la credibilidad es el único patrimonio real del oficio.

Manuel Vicent no quiere que los fastos lleven a perder el rumbo: “El éxito de un periodista no está en ser leído, sino en ser creído. La credibilidad es su único patrimonio, y su prestigio viene de ponerse al servicio del derecho del ciudadano a estar bien informado”, ha resumido.

La intervención, reseñada por Josep Catà Figuls, ocurrió en los 50 años del diario madrileño. Vicent aprovechó el aniversario para reivindicar una tradición editorial anclada en la defensa de la democracia, la libertad de expresión y los derechos humanos. Sin embargo, lejos de la autocomplacencia, advirtió que la sostenibilidad del medio pasa por evitar la banalización y resistir la tentación de competir en el lodazal de las redes sociales.

El discurso trazó una línea clara entre periodismo y espectáculo. Para Vicent, la brújula sigue siendo la verdad, no el escándalo. En esa lógica, elogió a tres referentes globales distinguidos en esta edición: Svetlana Alexiévich, Sergio Ramírez y Martin Baron. Los presentó como ejemplos de rigor, ética y vocación pública en un ecosistema mediático cada vez más contaminado por la desinformación.

Vicent describió el ejercicio periodístico como una actividad bajo presión constante: entre bulos, campañas de difamación y polarización ideológica. Incluso evocó riesgos históricos al comparar el clima actual con episodios de radicalización del siglo XX. A esto sumó la inteligencia artificial, cuya irrupción acelera la transformación del entorno informativo y difumina las fronteras entre realidad y simulación.

Frente a la saturación de contenidos -donde lo verdadero y lo falso conviven sin jerarquía-, el escritor planteó que los periodistas cumplan con su deber. Profesionales que privilegien el análisis, la mesura y el criterio sobre la estridencia. En su visión, esa moderación no es debilidad, sino la forma más eficaz de confrontar la manipulación.

El cierre del mensaje recuperó un gesto casi ritual: leer el periódico. No como hábito nostálgico, sino como ejercicio de conexión con lo real. Para Vicent, abrir cada día un diario —en papel o pantalla— sigue siendo una forma de ordenar el mundo y, de paso, de reconocerse como ciudadano informado.

La tesis no admite complacencia. En una época dominada por métricas y viralidad, el periodismo que aspire a perdurar deberá apostar menos por el alcance y más por la confianza. Porque, como dejó asentado Vicent, sin credibilidad no hay oficio, solo ruido.

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