“Yo quiero chupar” es uno de los éxitos de Los Súper Lamas, el grupo veracruzano de moda que le debe a su bajista y compositor Julio Francisco León, el reconocimiento internacional obtenido con ese tema creado a principios de siglo por Los Fumancheros en Guadalajara. Como arreglista de los músicos actopeños, fue quien rebautizó y le dio el toque pícaro y bullanguero que faltaba a esa canción. Justamente por sus 57 años como músico, junto a Jerónimo Villanueva de los Zemvers, hace pocos días recibió un merecido diploma. Y a ese evento en el IMAC acudió la titular del ORFIS, Delia González Cobos como figura central del presídium.
La señora Auditora que tiene felices y rollizos a muchos exfuncionarios, funcionarios y alcaldes de Veracruz, abandonó su cómoda oficina, para introducirse al plástico ambiente de la chunchaca y el baile masivo, para conocer a los galardonados, y así obtener el aplauso de los seguidores de estos artistas. Ese día Delia siguió la costumbre iniciada por Claudia Sheinbaum, de mostrarse y placearse en las tarimas con la “artisteada” y recibir un baño de pueblo.
Y lo hizo mostrando sonrisa satisfactoria por tres cosas: la primera por haber cumplido cabalmente con la función de ignorar rapacerías, irregularidades en el gasto público y daños patrimoniales con cargo al erario. La segunda, por contar con el permiso de Rocío Nahle, y tercera, por empoderarse con los vestidos de la trasparencia musical, en el gozoso camino de la diputación federal, con mañas, uñas y dientes, como suele ocurrir en el metálico y fortificado pasillo de las auditorías que no deben recibir observación alguna.
En este tema, codo a codo y junto a sus colegas de la Auditoría Superior de la Federación, ella ha sabido contener acusaciones y habladurías de gente “de la oposición mal intencionada y perversa” que con el insidioso modo del nado sincronizado, insiste en culpar de ineptas, corruptas e inútiles a no pocas personalidades del obradorismo en todas sus modalidades, con y sin narcopartidismo.
Porque, seamos claros, poco o nada se sabe de lo que Delia González, dentro de su función como auditora, ha señalado oficialmente de las licitaciones, de los requisitos de ley, de los trámites ambientales o de los estudios de evaluación socioeconómica de los proyectos de obra y adquisiciones millonarias, como los autobuses chinos de la gobernadora, o el ya célebre Puente de Sotavento y la ampliación del WTC de Boca del Río.
Tampoco se sabe algo del Estadio de los Tiburones o del Nido del Halcón de Xalapa, que pareciera que pronto serían dirigidos por el exgobernador Cuitláhuac García, deseoso de salir del espectro gaseoso para incorporarse y desfilar con las florecientes juventudes del deporte nacional. Resulta sumamente extraño que ambas obras se estén convirtiendo en museos de cuarta o en viles elefantes blancos de nula transparencia y castigo de irregularidades susurradas por ella misma y que ya olvidó.
O acaso, la señora Delia ha hecho algo respecto al embrollo y monumental robo de la Universidad Popular del Estado de Veracruz (UPAV), donde gobernadores van y vienen y las cuentas nunca resultan en beneficio de alumnos y de modestos profesores. O qué le señaló doña Delia a Claudia Tello, la dama que salió a media noche y por la puerta de atrás de la SEV. O qué ha dicho por las serias interrogantes que los veracruzanos se hacen del tiradero de dinero que hace Xóchitl Molina, esgrimiendo motivos culturales y artísticos que desconoce, o inflando presupuestos, motivaciones y justificaciones de pueblos originarios y exponentes de son jarocho, que no son mayoría a nivel estado, en detrimento de las demás manifestaciones artísticas.
Ante semejante inventario de anomalías, la señora Delia -escoltada por personajes de conocidas facturas oscuras y marrulleras como Ranulfo Márquez, Karime Aguilera o Gustavo Murrieta- prefiere el mutismo absoluto para hacerse candidata de Morena a una diputación. Le resulta harto más placentero entregarse a los goces de la buena mesa en los manteles de la capital, ataviada de una frívola holgura que remata quitándose las zapatillas debajo de la mesa y limpiándose los dientes con los dedos de la mano sin mayor recato, mientras la corrupción hace de las suyas.
Delia González trae un cúmulo de faltantes a cargo, y después del Orfis, está urgida para mimetizarse con las paredes del recinto parlamentario. Eso sí, bien enchufada a la ubre del Congreso. Como corresponde a una aplicada funcionaria del segundo piso de la transformación.








