El ejercicio del poder en Veracruz ha dejado de ser un tema local para convertirse en una bomba de tiempo con epicentro en el despacho presidencial. La gestión de Rocío Nahle no sólo dista de la narrativa oficial de la autodenominada transformación, sino que se ha transformado en una fuente ininterrumpida de desgastes, conflictos e ineficiencias que la presidenta Claudia Sheinbaum debe sortear a diario.

Como lo documenta el periodista Claudio Ochoa Huerta en su columna publicada en El Universal, la relación entre la mandataria estatal y la Federación navega en aguas turbias. Los frentes abiertos por la gobernadora rebasan cualquier margen de tolerancia política:

Opacidad sobre ruedas: La reestructuración del transporte público en la entidad ha levantado fundadas sospechas de favoritismo hacia negocios ligados a su círculo cercano. Lo que debió ser un plan de modernización derivó en protestas que terminaron tocando las puertas de la capital del país.

Acoso sistemático a la libertad de expresión: La constante confrontación contra la prensa local no sólo exhibe intolerancia a la crítica, sino que genera una irritación profunda en el Ejecutivo federal. Cada pleito innecesario de Nahle termina costándole capital político a la Presidencia.

Negligencia en emergencias: La ineficaz e indolente respuesta ante las inundaciones en Poza Rica -donde la prevención brilló por su ausencia y el auxilio a damnificados fue deficitario- provocó reclamos sociales que la propia Presidenta tuvo que encarar durante sus giras.

Crisis de seguridad e impunidad: El gabinete de seguridad federal observa con alarma el avance impune de grupos criminales como la llamada Mafia Veracruzana. Crímenes atroces, como el feminicidio de la periodista Roxana Guzmán -sustraída con violencia de su hogar-, dejan al descubierto la permisividad o incapacidad de las autoridades locales.

El fantasma de Dos Bocas: La obra emblemática que catapultó a Nahle se ha convertido en su peor carta de presentación. Lejos de ser un orgullo operativo, la refinería sigue atrapada en fallas técnicas, contingencias semanales y explicaciones financieras imposibles de sostener.

La sombra del autoritarismo y la corrupción

A este panorama se suma un estilo de gobierno caracterizado por la soberbia y la cerrazón. Lejos de atemperar el tono o buscar la conciliación, el malestar ciudadano crece en la misma proporción en que se esparcen las sospechas de corrupción en áreas neurálgicas del gabinete: Educación, Finanzas, Salud y Obras Públicas.

Todo esto ocurre bajo la mirada complaciente de una Contraloría General del Estado sometida y maniatada, condicionada desde el inicio de la administración para no emitir una sola observación sobre la “impoluta” gestión de Rocío Nahle.

Veracruz no sólo enfrenta un gobierno desbordado por sus propios vicios, sino una administración cuya factura política se está cobrando, de manera directa, en Palacio Nacional.

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