Antulio Ficachi
En el partido inaugural del Mundial 2026 hubo balón, himnos, protocolo, pantallas, patrocinadores y más de 80 mil personas en el Estadio Ciudad de México. Lo que no hubo fue mandatarios.
Ni la anfitriona, ni los socios del torneo, ni los invitados de costumbre. La foto oficial terminó pareciéndose más a una junta de subsecretarios que a la inauguración del mayor espectáculo deportivo del planeta.
Claudia Sheinbaum decidió regalar su boleto y ver el encuentro con aficionados. Donald Trump se quedó de su lado de la frontera. Mark Carney hizo lo propio en Canadá. Cyril Ramaphosa tampoco apareció para acompañar a la selección sudafricana.
En otras épocas, los gobernantes competían por salir en la toma de televisión. Hoy parecen competir por no salir en ella. El Mundial arrancó sin fila de saludos, sin apretones de mano y sin esos encuentros bilaterales que suelen producir más fotografías que acuerdos.
Al final, el personaje político más visible fue Gianni Infantino. Una curiosidad: en la fiesta más grande del futbol mundial, el único jefe presente fue el del futbol.
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Mientras las tribunas lucían llenas, la Selección Mexicana hizo lo suyo y derrotó 2-0 a Sudáfrica.
Julián Quiñones abrió la cuenta temprano y Raúl Jiménez recordó que los mundiales también sirven para cobrar facturas pendientes con la historia.
El TRI arrancó líder de grupo y con la afición soñando. Nada nuevo. La diferencia es que esta vez el optimismo llegó antes que las mesas de análisis.
Por lo pronto, México consiguió algo que no siempre logra en los mundiales: evitar el drama en el primer partido.
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Donde el marcador sigue abierto es en la relación entre algunos gobernadores mexicanos y las autoridades financieras estadounidenses.
Un reporte periodístico colocó a Rocío Nahle junto con otros mandatarios estatales en una lista de personajes cuyas cuentas y movimientos financieros estarían bajo revisión en Estados Unidos.
No hay confirmación oficial. Tampoco desmentido definitivo. Sólo una nube de comentarios, filtraciones y silencios.
El problema de estos casos es que, cuando aparece la palabra “FinCEN”, muchos funcionarios descubren una afición repentina por la discreción.
Y es que el asunto llega en un momento peculiar: Washington amplió su mirada sobre las estructuras financieras relacionadas con organizaciones criminales y ahora varios gobiernos locales observan el horizonte con el mismo entusiasmo que un contribuyente cuando recibe una notificación del SAT.
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En Xalapa también hubo mundial, aunque con reglas distintas.
La alcaldesa Daniela Griego explicó que el ayuntamiento no pagó los derechos de transmisión en el Parque Juárez. Lo hicieron empresarios “altruistas y generosos”.
Una frase más para el museo de la política mexicana.
Empresarios altruistas financiando licencias mundialistas para espacios públicos. Sólo faltó informar que además rechazaron cualquier reconocimiento y pidieron permanecer en el anonimato por modestia.
El ayuntamiento puso la plaza, la logística, los accesos, las sillas y la organización. Los benefactores pusieron la licencia. Una especie de asociación público-privada donde la parte privada aparece como patrocinador y la pública como anfitriona.
Todo sea por el futbol.
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Pero mientras el país celebraba goles y transmisiones gigantes, Veracruz volvió a recordar otra realidad.
El periodista Luis Ángel López fue asesinado en Poza Rica.
Tenía medidas de protección. También antecedentes de amenazas. Ninguna de las dos cosas evitó que lo mataran.
El dato es conocido: después de cada agresión aparecen comunicados, condenas y promesas de investigación.
Veracruz suma nombres. Los homenajes crecen. Las explicaciones también. Lo que no crece es la certeza de que ejercer el periodismo deje de ser una actividad de riesgo.
Entre tanto, el Mundial seguirá su curso. Habrá goles, ceremonias, estadísticas y festejos.
Y en un país donde a veces la realidad compite con el espectáculo, la pregunta sigue siendo cuál de los dos termina ocupando más espacio en la conversación pública.








