Por Arturo Paredes

  • Diferenciar, discernir, opinar, criticar, fiscalizar, debatir, razonar, sustentar, exigir cuentas, demandar acción y no dejarse engañar son derechos intrínsecos de los ciudadanos; sustento clave de la democracia e ineludible fundamento de la política.

El populismo tiene de origen omisiones, defectos, desvaríos e incongruencias sobre las que cimenta su acción de persuasión, control y manipulación de sus seguidores.

Demagogia, verborrea, exageración, desviación, ilusionismo, milagrería, chismorreo, falsa devoción, agresión, espionaje, simulación, engaño, consenso comprado y artificial son parte de los recursos de comunicación con los que el mesianismo populista busca apagar, callar, someter, condicionar y/o afiliar -precisamente- las voces divergentes, independientes y reactivas.

En un régimen democrático, el flujo de ideas no puede tener ninguna limitación, condicionamiento, orientación o siquiera el más mínimo atisbo de silenciamiento. Las ideas, pensamiento, filosofía o el simple hecho de ver la vida como se le de la gana a cada quien es -prácticamente- sagrado.

Ha sido la búsqueda de nuevas rutas, aproximaciones, métodos, caminos, orientaciones, lo que ha movido la historia. Las revoluciones y los grandes movimientos sociales surgieron de pensador@s que abrieron a golpe de critica y disenso nuevas formas de asimilar, contemplar, concebir el gobierno y las relaciones sociales, económicas, estamentos, organización, empresa, comercio, investigación, etc.

Moverse, explorar, cambiar, modernizar, ir más allá, visualizar, ampliar el horizonte jamás hubieran sido posibles sin la vocación de transformación surgida de la innovación, disrupción, determinación e inspiración de quienes no renunciaron a ser -simplemente- diferentes.

Separarse de la masa para dotar a las ideas de autenticidad, criterio personal e integridad es un ejercicio no solamente imprescindible sino muy relevante. Los lideres surgen de ese atrevimiento a pensar y hacer de manera distinta, no someterse, no claudicar, ir hasta el final del camino, aunque buena parte del mismo tenga que recorrerse sola.

Para el populismo solo existe una sola verdad absoluta, indiscutible y exclusiva. Nadie puede siquiera opinar fuera de sus modelos de adoctrinamiento. El temor a la inteligencia, el pensamiento crítico, el cambio, la superación o el desarrollo integral es tal que pone a temblar y origina las reacciones viscerales, radicales y extremistas.

Nuevamente censura, descalificación, control, imposición, sometimiento, presión y represión son los recursos que se ponen en juego porque no alcanza el razonamiento, las cifras, los datos, resultados y hechos concretos. 

Hay que dejar al pueblo siempre dentro de una esfera de ilusiones, milagros (no realizados) e inútil esperanza que lo hagan adicto a la dosis diaria, repetitiva, aburrida, somnolienta, repetitiva y oscurantista de banalidades, estulticias y ocurrencias.

Para el mesianismo populista la rendición de cuentas, fiscalización o transparencia son pecados originales, simplemente son satánicos, ¿Cómo poner en duda a un régimen que se desvive en amor por el pueblo? quienes se atrevan pasan a la fosa de antipatriotas, vendedores de la soberanía, adversarios, periodistas pagados o buscadores de chayote. 

Ahí si encajan los bots, títeres, marionetas y “supuestos medios” zalameros, trapaceros, alabadores y solapadores que hacen eco a la pantalla, los testimonios y encantamientos a destajo de los “falsos profetas”. 

Resonancia, reiteración, repetición hasta el cansancio, mejor pedir y vivir del erario que asumir una postura auténtica, realista, objetiva, imparcial o verdaderamente informativa.

Hay de aquell@s que crucen la franja de una expresión incomoda, demandante, moderna, diversa; para el mesianismo no existen ni el dialogo, la tolerancia, respeto, equilibrio, justicia o los acuerdos. 

El que no se queda a la sombra del populismo se queda expuesto a la luz de la democracia y eso no se puede admitir.  

En la democracia real cualquier ciudadano al margen de sus creencias, raza, género, nivel de ingreso y/o educación puede exigir resultados, participar, dialogar, fiscalizar, demandar atención y conservar el derecho a estar inconforme.

El populista no puede tolerar que la base de evaluación de un gobierno sean las cifras, datos concretos e imparciales, rendición de cuentas, transparencia y fiscalización, su unidad de medida es la simulación, el engaño, la capacidad de ejercer un puesto público en la mediocridad, ineptitud o complicidad.

El primer paso a la verdadera soberanía es formarse, acostumbrarse y obligarse a ejercer la independencia, autodeterminación y autonomía de las ideas políticas y hasta obligar a que los actores y organizaciones políticas se acostumbren y se sujeten a ello. 

Son las diferencias de posturas, experiencias, información y pensamiento las que permiten enriquecer el desarrollo, la viabilidad y el crecimiento de una nación. Libertad para decidir, elegir y votar implica una mayor independencia y espacios para participar, discutir, debatir y reclamar.

En cualquier democracia la oposición es necesaria, una ciudadanía activa, participativa, combativa siempre fundamental y todos los instrumentos de que disponga para ejercer sus libertades resultan mínimos para cumplir esas funciones.

La sociedad no está para halagar, agradecer o seguir a sus gobernantes sino para exigir resultados, sí estos se generan por supuesto que hay que reconocerlos (si y solo sí). 

Por lo tanto, resulta crucial que la ciudadanía disponga de herramientas, organismos, leyes y procesos para incidir, actuar, responder, limitar, acotar, moderar y poner freno a las diversas tentaciones del poder; evitar caprichos, nepotismo, antojos, ocurrencias e impedir que los recursos públicos se ejerzan bajo criterios personales y de grupo. 

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