Aún no salía el sol cuando se encaminó al gimnasio a realizar una breve rutina de ejercicio. Contra su rigurosa costumbre de salir a correr por las mañanas al malecón, ese día hizo a un lado el placer de recibir el aire matutino, que además le ayudaba a concentrarse en proyectos y pensamientos. Concluyó la actividad física y pasó a la ducha; sin dejar de mirarse en el espejo, se enfundó un fino traje azul oscuro que combinó con una corbata amarilla.

Sólo aceptó un plato de fruta y un café con leche. Esperó a sus hijos con sus familias para emprender juntos el viaje de setenta minutos a Ciudad Manantial y poder estar en el palacio diez minutos antes de las once, la hora establecida para el evento protocolario en que asumiría el cargo de gobernador del estado de Santa Cruz.

No le sorprendió la sobria elegancia de Patricia y la apostura de sus vástagos que llegaron puntuales a la cita. En el salón, sus nueras y nietos parloteaban emocionados por participar en un acto de tal relevancia.

Después de abrazar a los hombres y besar a las mujeres y a los pequeños, les agradeció el apoyo que le brindaron para hacer posible su sueño más acariciado. Les pidió seguir comportándose como un equipo en busca de un resultado. Ante todo, la gente debía constatar la fortaleza y unidad familiar.

Apenas hicieron su entrada al recinto, los familiares del nuevo gobernador fueron acomodados en los lugares situados frente a la mesa directiva del congreso. Alrededor de ellos, los hombres de negocios más importantes, los altos representantes de la iglesia católica, los grandes políticos del estado y los invitados especiales, llegados del centro y de distintos rumbos del país.

Dos o tres políticos de oposición se tuvieron que retirar debido a que no alcanzaron asientos para acomodarse. Junto a ellos desfilaron algunos legisladores afines, en señal de solidaridad y disgusto por la organización. Pero no transcurrió mucho tiempo para que tuvieran que regresar a ocupar sus curules, ante el enérgico llamado de la presidenta de la legislatura.

El auditorio estaba expectante. Avanzaron los puntos del programa. Martín Jonás rindió la protesta constitucional y dio su primer discurso como gobernador. Saludó a los presentes, hizo mención de las personalidades invitadas y esbozó el camino a seguir durante su gestión. “Amigos santacruceños, por fin llega el ansiado cambio. Este día, los habitantes del estado, ven el sol de la transformación que empieza en nuestra tierra. Y quiero informarles que su gobernador ya tiene los primeros resultados para Santa Cruz. Debo mencionar que hemos denunciado penalmente a quienes defraudaron la confianza de la sociedad, y que hemos recuperado propiedades y recursos que habían sido extraídos del patrimonio estatal por el exgobernador y sus socios. De manera enfática, quiero señalar mi compromiso de que hoy entramos a una nueva etapa en la que iremos de la mano con las instituciones, con el pueblo y sus organizaciones. Santa Cruz inicia una senda de tranquilidad, de progreso y de crecimiento para todos. Hoy que inicia mi gobierno, habremos de empezar a consolidar tiempos de realidades, tiempos de cambio y tiempos de seguridad y bienestar. Señoras y señores, les agradezco el haber hecho posible esta jornada de confianza por Santa Cruz. Abrazo con todo mi afecto a los santacruceños y a sus familias”.

Una vez recibida la salutación de los allí reunidos, y tal como estaba planeado, Martín subió a una bicicleta azul y desde el palacio legislativo se deslizó a la plaza principal frente al palacio de gobierno, escoltado por personal de seguridad y dos patrullas de policía, mientras su familia y colaboradores eran conducidos al lugar en un autobús que circulaba por otro trayecto.

Dos horas estuvo hablando y recibiendo vítores y aplausos de sus simpatizantes. Martín disfrutaba el sueño alcanzado, la algarabía popular y las miradas de admiración y respeto de jóvenes y adultos. Una sonrisa triunfal se dibujaba en su anguloso y firme rostro. Paradójicamente, el poder que recaía sobre sus hombros le proporcionaba frescura a su mirada. Abajo, decenas de fotógrafos y reporteros observaban el apoyo al carismático líder que consiguió despertar la esperanza.

Junto a su familia el gobernante retornó a La Barca al atardecer. Convocó a sus hijos a una reunión por la noche del sábado siguiente para compartirles el plan a seguir y enterarlos de la verdadera situación de las arcas públicas. Se habían descubierto indicios de que las cifras del desfalco eran superiores a lo que él sabía. Ese día, ya con información de último momento, podrían entre los cuatro, diseñar una estrategia que aclarara el horizonte político para su causa.

Cuando consiguió estar solo, se sirvió un coñac y se arrellanó en el sofá de la biblioteca. Tiempos complicados venían por delante. En el propio congreso ese mediodía, recibió un preocupante informe confidencial sobre las bandas de narcotraficantes que tenían sometidos a amplios territorios bajo el poder de las armas y el terror, apoyándose en desalmados sicarios para amedrentar a la población. Respiró tranquilo porque cuando menos por ese día, no aparecieron cadáveres decapitados en las ciudades principales.

Continuará…

LA DINASTÍA DEL DESIERTO 

LA DINASTÍA DEL DESIERTO (2)

 

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