LA DINASTÍA DEL DESIERTO (10)

Anuncios
Anuncios

Esa noche Patricia había colocado una bandeja con bocadillos en la mesa de la biblioteca, en previsión de que los hombres de la dinastía Jonás tuvieran apetito. Como lo venían haciendo en la mansión del estero desde que obtuvieron la gubernatura, los miembros del consejo político de Santa Cruz llevaban a cabo su acostumbrada reunión mensual.

Después de saludar y besar a su madre en el salón, los muchachos recorrieron el corto trayecto junto a su padre que escuchaba divertido las bromas y anécdotas sobre los acontecimientos recientes.

—¡Te traje esta belleza, papá!—le dijo sonriendo Martín Junior, mientras le daba una fina botella de coñac—. Y si te la piensas echar de una vez, ahí en el librero te dejé otra igual.

—¡Eres grandioso, hijo! —celebró el jefe de la casa, mientras abrazaba a Hernán y a Oscar que caminaban a su lado—. Me recordaste a un gran compañero de aventuras náuticas en el Caribe. Mi amigo hizo una gran carrera política en Los Ángeles hace algunos lustros. Era un tipo hedonista con quien aprendí a disfrutar este licor y otros placeres, pero lo que en verdad le aniquilaba eran las bebidas jóvenes.

—¡Sabía que te gustaría!—agregó el primogénito, al tiempo que se acomodaba en su asiento—. Señores—siguió hablando, mientras miraba sonriente a sus hermanos—, ya saben los gustos del gobernador de Santa Cruz. Así es que ustedes serán los que traerán las próximas.

Con esa fraternidad continuaron intercambiando comentarios y chascarrillos, hasta que Martín Jonás dio algunas palmadas en la madera.

—Queridos hijos, entremos de una vez en materia—pidió con seriedad—. Estamos en el cuarto mes de gobierno y tenemos que hacer algunas puntualizaciones. Primero, lo más importante, que es lo que tú llevas, Oscar. Quiero decirte que ya hablé con el que hará la renegociación de la deuda y le indiqué que sólo contigo deberá ver ese asunto. Así es que ponte atento, porque no admito distracciones ni errores. Pero también quiero que veas a los contratistas de los hospitales y carreteras. Y quiero saber cómo terminó el negocio del túnel del sur. Debe quedarles bien claro que tienen que apoyar a tus hermanos para que lleguen a su objetivo, este año Hernán, y el siguiente, tú, Junior. Háblales fuerte a todos; esos tipos son tiburones asesinos, no señoras de la caridad. Dirígete a ellos como un Jonás. Diles que yo no perdono traiciones ni olvidos… y que no tolero ni sorpresas, ni menosprecios, eh…

—A ti, Hernán…te recomiendo que esta semana hagas el recorrido por las siete iglesias, entiéndelo, no seas flojo ni descuidado. Todos los líderes del puerto están comprometidos con hacerte ganar la alcaldía de Santa Cruz, pero debes visitarlos ya, ya, ahora, no lo dejes para después, porque se diluye el compromiso, no lo olvides. Todos esperan tu llamado, ¡ya lo arreglé, caramba!

—En el caso tuyo, Martín, no pierdas el norte. De lo que me preguntaste por teléfono, quiero decirles a los tres, que debemos estar avispados y mantenernos en contacto permanente, para que nadie venga a tratar de sorprendernos. La persona que te ha estado llamando, es gente del cacique, que quiere vender sus servicios. En esta tarjeta tienes su nombre para que lo pongas en su lugar. Pero búscalo por sorpresa, hazle entender que sabemos todo acerca de cada uno de ellos, y que es mejor que caminen por dónde les indiquemos. Todos ellos tienen que pasar lista con nosotros, específicamente con Oscar. Si quieren un salvoconducto, tienen primero que arreglarse con tu hermano. Tú, bajo ningún motivo o circunstancia, hables con ellos de temas económicos o de seguridad. Ah, y eso está vetado también para ti, Hernán. Van a intentar enlodarlos, si ustedes tocan esos asuntos.

—Previendo esas trampas—continuó en su perorata—, tengo que informarles que he puesto escuchas a los principales actores políticos de Santa Cruz en todo el territorio, y pronto colocaré cámaras de videograbación en los puntos más comprometidos y hasta en las empresas y negocios pequeños. Tendremos los datos y movimientos de todo el mundo. El poder de la información nos dará el poder para alcanzar todas nuestras metas.

—Bien, ahora, Junior, preséntanos tu informe de campaña. Pero completo, por favor. Debemos saber cómo vas.

—Sí señor, por supuesto—contestó el aludido—. He caminado siguiendo tus instrucciones, y he vigilado también a todos mis ayudantes, para conocer sus pasos y su verdadera forma de pensar. No quiero que por falta de supervisión, se vaya al traste mi proyecto. He descubierto todas las complicidades y marrullerías de los políticos del estado y especialmente de Ciudad Quetzal y de la zona porcina. Pero a estos últimos los tengo bien agarrados para que no disparen a otras direcciones, como suelen hacer. A Hernán, ya le puse en suerte a todos los que fueron colaboradores del cacique, a todos sus operadores y a los empresarios que se asociaron con él. Esa camarilla sabe que si no jala con nosotros, todos y cada uno de ellos, irán a la cárcel de inmediato. Ya entregué a Orestes cada uno de sus expedientes, debidamente integrados, para utilizarlos en la fiscalía en cuanto se quieran pasar de vivos.

—También tengo que admitir que en el puerto y en La Barca, la gente está haciendo mofa de los amores nada secretos de Ida y Abdías—dijo divertido—. Circula por ahí un meloso audio donde ella le dice al otro: “¡Amorcito, si realmente quieres conocer el territorio, primero debes empezar por descubrirme a mí, tontuelo. ¡¿O es que no sabes que Santa Cruz empieza conmigo?!”

—¡Ah, bárbara! ¡Qué mujer tan decidida!—soltó asombrado el jefe de la familia—. ¡Ya, de acuerdo, pero cuídenla y que no haga más tonterías! Tú, Hernán, habla con ella, convéncela de que no ande regando su prestigio por todos lados. Preocúpate por esta niña, trabájala, porque ella va después de Junior y es quien te entregará el poder a ti, no lo olvides. Acótala y si es posible, protégela de ella misma. Si así están las cosas, mejor que se divorcie y que se vaya de una buena vez con Abdías para que se tranquilice. Por favor, paren su relajo y saquen ese audio de circulación. Aprovechen que les hace caso, ustedes saben hablarle en su mismo lenguaje. Y es que no se puede negar, la forma en que llevan esa relación, es sumamente arriesgada para nuestros fines.

—De una cosa debemos estar conscientes—alertó el gobernador—. Mientras continúe la dinastía en Santa Cruz, el gobierno federal no apoyara al estado. El poder central tratará de reventar nuestro plan. Por eso tenemos que pensar muy bien en cómo conseguir los apoyos financieros. Pero, escuchen con atención: no voy a cerrar ninguna puerta, ni a dejar caer ningún puente, vamos, ni a perder un sólo peso. ¿Estarán de acuerdo en ello, verdad?

—Estoy contigo, papá—se apresuró Oscar, a manera de respuesta—. Coincido plenamente en esa decisión. Tenemos que apretar la soga al cacique, a su antecesor, y a todas las bandas que estuvieron con él. Si los del gobierno central nos ganan el brinco y los exprimen por allá, no darán un centavo al estado. Por eso, debemos hacerlo nosotros, pero ya, en este momento. Y de todos esos personajes corruptos, sabemos que robaron hasta las pinturas y documentos históricos propiedad del estado. Que ya bajo su custodia, los falsificaron para traer esas copias a los museos, y que los bienes que sustrajeron, fueron llevados a agencias colocadoras para su venta en el mercado negro. Es un hecho que esos fondos que guardan en algún lugar, son los que necesitamos encontrar y traer para nuestra causa, no lo olviden.

—Excelente análisis, hijo—reconoció Martín Jonás—. Debemos seguir pensando en cómo concretar lo que planteas. Pero, por hoy, es todo, he trabajado mucho y me siento agotado. Ya que tenemos las cosas más claras, vayamos cada uno a continuar con su tarea. Los felicito, me siento muy orgulloso de ustedes. Estoy seguro de que gracias a su ambición e ingenio, esta Casa llegará muy lejos y quedará fijada por siempre en la historia de Santa Cruz. Ahora, marchemos a atender a nuestras mujeres. Cerremos esta reunión, porque es bueno descansar después de una jornada tan productiva.

Tras apagar la luz de la biblioteca, los consejeros intercambiaron abrazos, despidiéndose con cálidos apretones de manos. Después de besar al mandatario estatal, sus descendientes abordaron los automóviles y se alejaron en la oscuridad de la silenciosa noche.

Continuará…

LA DINASTÍA DEL DESIERTO 

LA DINASTÍA DEL DESIERTO (2)

LA DINASTÍA DEL DESIERTO (8)

LA DINASTÍA DEL DESIERTO (9)

 

Publicidad