LA DINASTÍA DEL DESIERTO (11)

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Martín Jonás supervisaba diariamente el trabajo de los líderes regionales para asegurar el triunfo de los candidatos del partido azul y de la alianza política en las elecciones municipales. Por ningún motivo iba a permitir que los contendientes enemigos crecieran en el ánimo popular y arriesgaran las votaciones del primer domingo de junio.

Con la ayuda de sus hijos y especialmente de Hernán, que era el candidato en el puerto de Santa Cruz, vigilaba la operación electoral. Más de doscientos municipios santacruceños conocían el fragor de la batalla por los votos que enfrentaba a los partidos políticos. Durante dos meses, los contendientes llenaban de color, arengas y discursos la vida social del estado mientras que la población iba y venía por las calles y reuniones hablando y rumorando sobre los distintos aspirantes a los cargos edilicios.

El partido azul resintió la primera embestida desde el gobierno central. Un destacado contendiente de la zona porcina fue eliminado por la dirigencia nacional debiendo colocar a un segundo de a bordo. El líder afectado tuvo que ser reconocido de otra manera para asegurar la victoria en ese municipio.

Martín sabía que no podía perder la elección estatal ya que sería calificado como un gobernador débil y con poca convocatoria. Justamente en esos días, el programa social del gobierno que comandaba se vio envuelto en problemas de credibilidad cuando una funcionaria menor envió despensas y apoyos a una zona serrana convirtiéndose en un escándalo periodístico.

En el puerto Hernán dudó de su fuerza al ser debilitado por un poderoso candidato respaldado por la clase empresarial y el principal partido opositor a nivel nacional. Como en esa zona estaba uno de los principales enclaves de inversión del país y por sus muelles se hacía el traslado de mercaderías por barco, todos los contendientes apuraban la puja para ganar la elección.

En Manantial, la capital del estado, la ciudadanía apoyaba tradicionalmente a los candidatos de izquierda. Eso motivó a Martin a realizar una negociación secreta en la capital del país para asegurar el triunfo del segundo de sus hijos. En Quetzal las cosas se dificultaban: el candidato azul también era claramente superado por el movimiento de izquierda, virtual ganador en toda la región sur.

Dos noches antes de la jornada comicial, los Jonás convocaron a todos sus operadores de La Barca, de Manantial y del puerto, para ordenarles visitar casa por casa a la mayor cantidad de votantes, a quienes se les ofrecerían apoyos y dinero en efectivo para asegurar su voto en las urnas.

Así pasaron las horas. Al final de ese domingo de estrategias y revelaciones, Hernán obtuvo un holgado triunfo, situación que se repitió con la mayor parte de los candidatos azules en el estado. El gobierno jonista obtuvo de ese modo su primer triunfo político y el mejor augurio de que podrían ganar la gubernatura al año siguiente con Junior a la cabeza.

La población no olvidaba que mientras se realizaban las campañas, en una ciudad de Centroamérica habían apresado al cacique, el exgobernador que había huido después de arruinar a Santa Cruz. Las autoridades de esa nación lo hicieron mientras se trasladaba entre las fronteras de esa región en calidad de prófugo a causa de las denuncias por malversación y desfalco a las arcas públicas.

Pero tampoco la situación interna era tranquila para Martín. Los grupos ciudadanos que buscaban huellas o restos de personas desaparecidas, empezaron a realizar plantones y marchas, y por si no hubiera sido suficiente con ello, las bandas delincuenciales iniciaron una etapa de asesinatos de periodistas críticos.

En el bando contrario, el tío Lolo y el primo Julián se acusaban mutuamente por haber llevado a su partido a su primera gran derrota en la historia del estado. Los militantes manifestaban su encono y decepción ante su fallida operación e impopularidad.

Unas semanas antes en palacio, la joven secretaria del gobernador, parada atrás de la puerta escuchó decir a su jefe en una conversación telefónica:

“Mira hermano, acabo de estar en la capital y me reuní con los jefes. No me importa todo lo que hemos gastado en la candidata de Manantial y no pienso tirar más dinero en ella. Les vamos a dejar que ellos ganen aquí, para que nosotros podamos arrasar sin objeción en el puerto y sacar adelante la campaña de Hernán. No enterremos en este municipio una inversión que vamos a necesitar allá. Deja de preocuparte y no olvides que toda ganancia lleva implícita una pérdida.”

El lunes siguiente al día de las votaciones, Martín celebraba eufórico el sorprendente resultado en las elecciones. Ciento doce triunfos fueron para al partido azul y sus adherentes. El tío Lolo y su gente se fueron hasta el tercer lugar. La operación había sido todo un éxito para la familia en el poder.

Esa tarde Martín Junior brindaba exultante en compañía de Hernán y Oscar: “¡Señores, brindemos por nuestro querido gobernador! ¡El futuro pertenece a la Casa Jonás!

LA DINASTÍA DEL DESIERTO 

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